Despierta, la felicidad esta dentro de ti

Hoy más que nunca me gustaría no olvidarme de todos aquellos amigos, conocidos y vecinos que fruto de la actual crisis económica se encuentran pasando enormes dificultades. A ellos y a todos los demás, les dedico estas breves líneas bajo el título de una vida feliz, porque la vida como yo la entiendo es eso, felicidad. Una vida feliz depende de nosotros, de nuestra actitud ante los distintos enfoques que podamos elegir en nuestra propia vida. Y es que nuestra vida sucede bajo lo infinito de las horas, minutos y segundos.

 

Los segundos que pasaron pudieron ser más o menos felices de manera que podríamos evaluar si tuvimos o no una vida feliz en el pasado, pero el presente nos pertenece. Es muy importante no olvidar algo que aunque pudiera parecer evidente en ocasiones olvidamos, el presente nos pertenece, así es.

Los recuerdos quedaron en el pasado pero contamos con la voluntad de construir nuestro presente para una vez más optar a una vida feliz, nuestra vida. Los momentos pasados pudieron ser más o menos bellos pero los que están por llegar seguro serán fantásticos si ponemos de buena parte de nuestro empeño, interés, dedicación, voluntad y esfuerzo. ¿Piensas que es sencillo tener una vida feliz o más bien todo lo contrario?

Es mucho más sencillo de lo que pudieras llegar a creer. No necesitamos grandes cosas para ser felices, tampoco necesitamos excesivos lujos para tener una vida feliz, una vida completa como en algunas películas que seguro habrás visto en alguna ocasión, se puede. Nos basta con el amor de nuestra familia, el cariño con respecto a la persona que queremos, gozar de buena salud, mucha ilusión y un trabajo. En cuanto a esto último en caso de no encontrarlo, deberíamos pensar en algún tipo de idea bajo la perspectiva del emprendedor. Todos tenemos ideas, proyectos, ilusiones, no hay que tener miedo al fracaso, debemos esforzarnos por las cosas y así muy probablemente las conseguiremos. Recuerda que todo lo medible no tiene porque ser precisamente lo más valioso, el poder de una sonrisa, un abrazo, el beso de aquella persona de la que estamos locamente enamorados pueden suponer una inyección de energía en todos sus niveles.

En tu caso, ¿qué destacarías como imprescindible para encontrarte ante una vida feliz?. Depende de nosotros, pero te recomendaría muy encarecidamente disfrutar de tus seres queridos y de aquellas personas que más quieras, porque el tiempo pasa y los mejores momentos se encuentran a nuestro alcance. Realmente tener una vida feliz es mucho más sencillo de lo que muchas personas pudieran llegar a pensar.

 

Supongamos que existiera una máquina que nos pudiera ofrecer cualquier experiencia que deseáramos. La que sea. Imaginemos que distinguidos neurocientíficos estimularan nuestro cerebro para que pensáramos y sintiéramos nuestras fantasías. Estimado lector, defina su cosmovisión fantástica; los neurocientíficos van a hacer posible todas las ilusiones que lo hagan feliz –de por vida… pero bajo una sola condición: estar flotando en un tanque conectado con electrodos a su cerebro, para con ello poder “vivir” el simulacro de la vida perfecta. Dos preguntas:

• ¿Usted se conectaría a esta superdotada máquina de por vida preprogamado de antemano a todas sus aspiraciones y fantasías?…

• De hecho, le pregunto: ¿hay algo más importante cómo propósito de vida que ser feliz?

El creador de este experimento (1974) fue el filósofo Robert

Nozick; y él concluyó que la respuesta a la primera pregunta es: “NO” y a la segunda pregunta es: “HAY MUCHAS COSAS QUE IMPORTAN MÁS QUE SER FELIZ.”

El dilema es simple: ¿qué es preferible, una vida simulada llena de placer y felicidad o una vida real marcada por experiencias diversas de desesperanzas, esperanzas, alegrías, amor, desamor, desilusiones, éxitos parciales y sueños incompletos?

A pesar de lo atractivo y seductor de “ser feliz para toda la vida”, muchos preferimos la vida en su existencia plena (con altas y bajas) en vez de la felicidad bajo electrodos.

La vida real, compleja, es un propósito en sí mismo. Queremos hacer y experimentar, no solamente sentir el placer de hacerlo. Sin duda, no todos somos como los otros. No todos piensan como Nozick o como su servidor. Hay muchos que su vida se conecta a “electrodos sustitutos”. Ingieren drogas que afectan la bio-química de su cerebro; asumen religiones que son un placebo contra la ansiedad que representa el sentido de la muerte (o el significado de la vida). O más común, “viven en piloto automático” las horas de su cotidianidad, para no sentir lo profundo de una vida compleja.

Para los que renunciamos al “tanque de la   felicidad virtual”, la plenitud (felicidad) debe   conectarse con la intención de pensar, de   sentir lo que se piensa, de pensar lo que se   siente. En suma: concientizar que el   propósito de la vida es una vida con propósito.   El propósito implica estar vivo. Estar vivo   conlleva vivir una vida examinada.

Los terapeutas – desde masajistas y estilistas has pseudo-psicólogos y coaches personales – mantienen la falsa creencia de que la gente debe sentirse bien consigo misma todo el tiempo, una noción que la ciencia socio-biológica encuentra fatalmente irreal. Todos tenemos contratiempos o días malos, periodos de tiempo difíciles o días de “mala suerte”.

Cualquier masajista, maquillista, futbolista o florista puede ser autoridad para “terapiar” a un necesitado. Nuestra búsqueda de sentido de la felicidad inmediata y la fragilidad de nuestra natura humana hacen de la terapia un sentido sin sentido psicológico. Eso es en lo que ha caído la comprensión de la psique y el sentido de la vida.

 

La psicología optimista sostiene que se vive mejor cuando se es entusiasta que cuando se es pesimista (¿obvio?). Pero, qué tanto nos engañamos con la visión de que todo está en la mente y la realidad no existe.

Lo relevante, es que muchas veces, el camino fácil a la felicidad, no nos provoca. Aún más, para la neurociencia la felicidad no es el fin del trayecto, sino el trayecto en sí.

La felicidad depende de tus pensamientos

Hoy es viernes, para muchos el día más feliz de la semana, por eso me ha parecido el día perfecto para hablar de felicidad.

 A veces nos empeñamos en buscar la felicidad fuera de nosotros, pero eso es un gran error, la felicidad la tenemos que buscar en nosotros mismos porque la felicidad  está en nuestros pensamientos, y sobre eso va el video que comparto con vosotros.

¿Qué que tienes que hacer para ser más feliz?, muy sencillo cambia tus pensamientos negativos por otros más positivos, hacerlo es mucho más sencillo de lo que puede parecer, ponte una canción que te guste (pero tiene que ser animada, no valen las típicas canciones depres que hablan de tiempos mejores y nos hacen llorar, ponte una canción que te haga bailar, y aunque en un principio no te apetezca déjate llevar por la música y baila), pequeños gestos como este te pueden ayudar a que tu vida sea mucho más feliz.

En una entrevista concedida al diario El País, preguntaron a PhapDung, monje budista zen, cómo definiría la felicidad. Esta fue su respuesta…

“Una persona feliz se conoce bien a sí misma. Ama vivir. No está atrapada por sus ideas y emociones. Sabe cómo cuidarse. Esto no significa que tenga que estar contenta todo el tiempo, pero sabe lidiar con su sufrimiento.

Antes creía que era feliz cuando recibía cosas de fuera: fiestas, estímulos interesantes. Pero mira: observa este instante. Este es un momento feliz. Estoy vivo. Estoy hablando con alguien que quiere ayudar a otros. Puedo alimentar mi felicidad. Esto no es una constante, no hay que darlo por hecho; es una práctica que puedo cultivar.”

Me pareció muy apropiada y veraz la reflexión, ya que el acercamiento a la felicidad, depende más de aquello de lo que seamos capaces de desprendernos, que de las mil nuevas maravillas que persigamos y podamos adquirir. En realidad, basta con saber que estamos vivos para sentirnos felices. Eso debería suponerlo todo.

En todo caso, y para los que desconfíen de una propuesta tan simple, planteemos la pregunta clave: ¿hay una fórmula que se pueda aplicar en el día a día y que nos lleve a alcanzar la felicidad? La respuesta es que no hay una fórmula magistral, única y específica, entre otras cosas porque la felicidad no implica lo mismo para cada uno de nosotros. Existen, eso si, recetas genéricas como las que integran estas “13 claves para ser feliz” del profesor de Harvard Tal Ben-Shahar; un israelí experto en psicología positiva que imparte desde hace varios años el curso “Mayor felicidad”.

La cátedra “Mayor felicidad”, que se ha convertido en una de las más populares de la prestigiosa universidad norteamericana, está fundamentada en encuestas y estudios de campo sobre las características y ingredientes que permiten vivir felizmente. El resumen del curso son estos trece consejos que contribuyen a alcanzar la felicidad; tips bastante sencillos y fáciles de seguir.

1.- Realiza algún ejercicio: Los expertos aseguran que hacer actividad física es igual de bueno que tomar un antidepresivo para mejorar el ánimo. Treinta minutos de ejercicio es el mejor antídoto contra la tristeza y el estrés.

2.- Toma desayuno: Algunas personas se saltan el desayuno porque no tienen tiempo o porque no quieren engordar. Estudios demuestran que desayunar ayuda a tener energía, pensar y desempeñar exitosamente las actividades.

3.- Agradece a la vida todo lo bueno que tienes: Escribe en un papel diez cosas que tienes en tu vida que te dan felicidad. Cuando hacemos una lista de gratitud nos obligamos a enfocarnos en cosas buenas.

 4.- Sé asertivo: Pide lo que quieras y di lo que piensas. Está demostrado que ser asertivo ayuda a mejorar la autoestima. Aguantar en silencio todo lo que te digan y hagan, genera tristeza y desesperanza.

5.- Gasta tu dinero en experiencias, no en cosas: Un estudio descubrió que el 75% de las personas se sentía más feliz cuando invertía su dinero en viajes, cursos y clases. En tanto, solo el 34% dijo sentirse más feliz cuando compraba cosas.

6.- Enfrenta tus retos: No dejes para mañana lo que puedes hacer hoy. Estudios demuestran que cuanto más postergas algo que sabes que tienes que hacer, más ansiedad y tensión generas. Escribe pequeñas listas semanales de tareas a realizar y cúmplelas.

 7.- Pega recuerdos bonitos, frases y fotos de tus seres queridos por todos lados: Llena tu refrigerador, tu ordenador, tu escritorio, tu dormitorio, en fin, tu vida, de recuerdos bonitos.

8.- Siempre saluda y sé amable con otras personas: Más de cien investigaciones afirman que solo sonreír cambia el estado de ánimo.

 9.- Usa zapatos que te queden cómodos: Si te duelen los pies es seguro que te pondrás de mal genio, asegura el doctor KeinthWapner, Presidente de la Asociación Americana de Ortopedia.

 10.- Cuida tu postura: Caminar derecho con los hombros ligeramente hacia atrás y la vista hacia el frente ayuda a mantener un buen estado de ánimo.

 11.- Escucha música: Está comprobado que escuchar música te despierta deseos de cantar y bailar, lo que alegra la vida.

12.- Aliméntate bien: Lo que consumes tiene un impacto importante en tu estado de ánimo. Por esta razón, lo recomendable es comer algo ligero cada tres o cuatro horas para así mantener los niveles de glucosa estables; no saltarse comidas; evitar el exceso de harinas blancas y el azúcar; comer de todo y variar los alimentos.

 13.- Arréglate y siéntete atractivo(a): El 41% de la gente dice que se siente más feliz cuando piensa que se ve bien.

Reflexión final: “Piensa en toda la belleza que aún queda alrededor de ti y sé feliz.” (Ana Frank)

La salud y su relación con la  felicidad

La salud está tan relacionada con la felicidad que no puede tenerse la última sin la primera. Sin embargo, los individuos, después de realizar sus labores cotidianas, buscan rutinas diferentes en un intento de ser más felices. Muchos especialistas suponen que el hombre no puede evitar esa búsqueda, pues de otra forma no podría mantenerse psicológica y somáticamente equilibrado.

Según el Doctor Francisco Fajardo en Bogotá, esta verdad demuestra la incapacidad de las personas para funcionar como robots y, que su psiquismo es mucho más rico y complejo de lo que se había pensado.

La emoción

Emoción es una palabra que en el argot popular significa ajetreo. Esto señala una característica de distintos y, a veces contradictorios, estados emocionales. Melancolía, extrañeza, felicidad, infelicidad, ansiedad –entre otros- son comportamientos del estado de calma habitual del organismo. Ante la provocación de un estímulo de intensidad suficiente, los individuos actúan por intermedio de una réplica universal que se manifiesta tanto en el plano somático como en el psíquico.

 Las alteraciones somáticas (gestos exteriores a cambios internos) son de muy variada naturaleza. Según la Doctora María Cristina Medina, del Instituto de Seguro Social colombiano, señala que “las modificaciones internas son de índole psíquica y se traducen en estados subjetivos que se experimentan a través de sensaciones. La separación entre psique y soma viene dada por la falta de conocimientos que el individuo tiene sobre los mecanismos que deben darse en el cerebro”.

“Pero”, -añade- “aunque llegaran a descubrirse, el conducto regular en la investigación psicológica tiene una especificidad de objeto (el cómo y por qué una determinada persona manifiesta determinada conducta) que no se interpone sino que se perfecciona con las consecuencias derivadas de la investigación neurológica, bioquímica e incluso física”.

Los avances de la ciencia

La ciencia ha permitido alcanzar infinidad de conocimientos que han quedado fijados como decisivos, gracias al estudio experimental en los cambios de las personas. Según las revistas especializadas en medicina, los resultados obtenidos en seres humanos han permitido concluir que los padres más emotivos, tienen descendencia más sensible, que los padres menos emotivos.

En cuanto a los hijos, existen grandes semejanzas entre los gemelos univitelinos o idénticos, algo menos entre los bivitelinos a mellizos y aún menor entre los simples hermanos. De aquí se infiere que por lo menos la capacidad emotiva es un rasgo que se transmite por herencia. La línea evolutiva no se detiene hasta la adolescencia, cuando el joven asume el control de sus emociones y se somete, por tanto, al control social.

Las personas poseen una diversidad de conductas emotivas. Aparecen la infelicidad y la felicidad, sentimientos que se desdoblan en envidia, ira y miedo, por una parte, y en alegría y afecto hacia los que le rodean, por otro.

Felicidad e infelicidad

La felicidad es la reacción siguiente a la satisfacción de una necesidad o a la obtención de un objetivo propuesto. Los especialistas en la materia como Sigmund Freud y el ilustre neuropatólogo Charcot coincidieron en qué: “La felicidad es primaria, cuando resulta de satisfacer una necesidad fisiológica, o secundaria cuando se satisface de una necesidad material. Las fuentes de felicidad son muy diferentes en las distintas épocas de la vida, pero, desde que la persona lo experimenta por primera vez, su búsqueda es el motivo principal que impulsa toda la conducta humana en sus varias manifestaciones”.

La infelicidad es la primera determinación de aquella excitación que posee el ser humano en situaciones repugnantes. La felicidad e infelicidad se encuentran en el comienzo de los prejuicios y actitudes; las nuevas situaciones, parecidas a otras a las que se encuentran asociadas a sensaciones placenteras, tenderán a ser juzgadas positivamente, al contrario de aquellas que se presentan acompañadas de experiencias displacenteras. Esto constituye, al mismo tiempo, una prueba más del principio de economía que rige el funcionamiento del organismo humano, tanto en el plano físico como en el psíquico.

 

La mayoría de las personas han podido observar en sí mismo y en los demás, como aumenta la fatiga ante una situación comprometida o se le hace “un nudo en la garganta” al serle dada una noticia que le afecte. Para Freud: “estas y otras modificaciones que se producen en el cuerpo, son reveladoras del estado emocional en que se encuentra el individuo, siendo el resultado de la actuación de una parte del sistema nervioso autónomo o vegetativo, en el cual se distinguen el sistema simpático y el sistema parasimpático”.

Ambos sistemas se componen de nervios que salen del encéfalo y la médula espinal y van a invernar a los vasos sanguíneos y otras estructuras. En un estado de normalidad psico-fisiológica actúan coordinada y armoniosamente, aunque con efectos que por lo general se contraponen. En algunos estados provocados por causas emocionales, físicas o biológicas hay un predominio de la acción del sistema simpático, y en otros del parasimpático. El que predomine uno u otro es debido a una reacción automática que el organismo pone en marcha para defenderse de la causa que produce la alteración y así recuperar el equilibrio.

· En líneas generales, el simpático ejerce un papel fundamental en la situación de alarma: hace latir el corazón más deprisa, estimula el ritmo respiratorio, contrae las terminaciones arteriales existentes en la piel y mucosas, desviando la sangre hacia órganos que la necesiten en mayor cuantía, como el corazón, el cerebro y los músculos. Los efectos mantenidos de este sistema acabarían por agotar las defensas puestas en marcha, por lo que el mecanismo defensivo, no sólo dejaría de ser útil, sino que dejaría de ser perjudicial.

· El parasimpático viene a restablecer el equilibrio: dilata los vasos periféricos, retarda los movimientos cardiacos, disminuye la frecuencia respiratoria y relaja los músculos.

Ahora bien, las tendencias inconscientes reprimidas afloran también en varias anomalías esporádicas que perturban el curso regular y voluntario de la vida humana. El análisis permite interpretarlas y, de esta manera, resolver lo que anteriormente se consideraba efecto de un azar desgraciado, al mismo tiempo que se dispone de nuevos recursos para explorar el nivel inconsciente de la persona.

Es frecuente que muchos humoristas utilicen el procedimiento fácil de construir palabras caprichosas con el fin de que el oyente ponga en conexión automática temas u objetos que no autorizan por sí mismos una relación lógica directa. La libre fantasía propuesta ya hace reír por ella misma, pero el efecto es mayor si el humor, sirviéndose de la ambigüedad de la imagen que suscita en el oyente o el lector, consigue liberar tensiones inconscientes que la ordenación convencional de la vida social obliga a reprimir y ocultar.

La risa que desarrolla el individuo, después de haber recibido una palabra estímulo, constituyen los métodos normales de exploración psicoanalítica del inconsciente.

Ser optimista está directamente relacionado con gozar de una buena salud. Una actitud positiva puede prevenir el desarrollo de enfermedades como depresión, estrés, insomnio, niveles inadecuados de colesterol y anorexia. Esta es la conclusión que se desprende del estudio ‘La Felicidad y la percepción de la salud’, realizado por el Instituto Coca-Cola de la Felicidad y la Universidad Complutense de Madrid (UCM). Al contrario, las personas menos felices “tienden a tener más presentes los problemas físicos y psicológicos que les afectan”.

En este sentido, por ejemplo, la posibilidad de tener depresión en el grupo de las personas más felices es nueve veces menor que entre quienes son menos positivos. La probabilidad de tener insomnio es cuatro veces menor.

Según el informe, existe una relación bidireccional entre ser feliz y estar sano. Tal y como señala Carlos Chaguaceda, presidente del Instituto Coca-Cola, “las personas que se sienten más contentas y positivas tienen una mejor percepción de su salud”. Y esta asociación, aseguran los expertos, cada vez tiene más evidencia científica y así lo confirma Josep María Serra-Grabulosa, doctor y profesor del departamento de Psiquiatría y Psicobiología Clínica de la Universidad de Barcelona. “Ser más optimista afecta al sistema nervioso, neuroendocrino e inmunológico. Por esta razón, los que son más felices, en general, sufren menos alteraciones cardio y cerebrovasculares y, como su sistema inmune se refuerza, disminuyen las posibilidades de contraer enfermedades”.

 

En definitiva, recalca Serra-Grabulosa, los niveles altos de felicidad mejoran la salud mental. De hecho, aclara Gonzalo Hervás, otro de los autores del informe y doctor y profesor de la facultad de Psicología de la UCM, “hemos constatado que la salud mental es un componente igual o más importante que la física en la percepción de la propia salud y que los problemas de tipo psicológico están mucho más relacionados con la infelicidad que los problemas físicos”.

 

En busca de la felicidad

El problema surge en cómo buscar la felicidad. Aunque el cerebro tiene una propensión natural a tener emociones positivas, indican los autores del informe, “es necesario estimularlo”.

Como recuerda Chaguaceda, “la felicidad se trabaja, no se puede esperar sentado en casa. Por ejemplo, aquellas personas que realizan deporte regularmente son felices cuando lo hacen porque el cerebro segrega serotonina y oxitocina y genera una sensación que te hace feliz. En resumen, hay que buscar lo que nos hace felices”. Tampoco hay que olvidar el importante papel del apoyo social y familiar para superar los problemas de salud y otras adversidades. “Es fundamental para que las personas se sientan con mejor estado de salud y les ayuda a preservar, en gran medida, su nivel de satisfacción cuando sufren algún problema”, agrega el especialista. Gonzalo Hervás lo corrobora: “El apoyo social fomenta la felicidad”.

“No existe un único punto que al estimularle nos proporcione felicidad”, advierten los autores de la investigación. Es necesario que la ciencia profundice en la forma de favorecer la salud desde el bienestar. “Probablemente, existe el gen de la felicidad, pero no es sólo uno, sino que hay varios candidatos que pueden proporcionar este estado mental y es importante saber cómo se activan para que esto ocurra”. Por el momento, el gen que tiene más posibilidades para estar vinculado con la felicidad es “el que está relacionado con la serotonina”.

Para la realización del estudio se ha utilizado una muestra de 3.000 personas entre 18 y 65 años a las que se les realizaron entrevistas y cuestionarios para conocer la relación entre salud y felicidad.

Nos preguntamos qué es la felicidad

Existen diferentes niveles: una es la felicidad sensorial y creo que los seres humanos, animales mamíferos, incluso los insectos, creo que todos somos básicamente iguales con respecto a la posibilidad de experimentar placeres o sufrimiento en un sentido sensorial. Pero el ser humano tiene la mente muy desarrollada. Así la memoria con respecto al pasado es mucho más poderosa, también la capacidad de pensar en el futuro. Este poder mental también puede ser una fuente de problemas e insatisfacción. Aunque las cosas estén más o menos bien, nuestra mente crea muchas condiciones, deseos de algo diferente y la cantidad de preocupaciones puede provocarnos infelicidad, estrés, etc. Las comodidades físicas no pueden terminar con la insatisfacción de la mente pero la calma, tranquilidad y felicidad mental sí pueden ir por encima de las incomodidades físicas. Por eso la experiencia mental es más importante que la experiencia física. La experiencia física es muy inmediata: el sufrimiento físico, el hambre, las enfermedades, debido a eso hemos prestado mucha atención al desarrollo tecnológico y político-económico con el objetivo de superar todos los problemas de tipo físico.

Así vemos que las sociedades ricas tienen todos los elementos para la comodidad, pero surgen nuevos problemas y son problemas provocados por la misma mente y necesitamos encontrar el remedio a estos problemas en la propia mente. No podemos comprar un remedio, los médicos tampoco pueden ayudar mucho exceptuando quizá los procesos de psicoterapia. Hemos de encontrar maneras de contrarrestar estos problemas que tienen su origen en la mente, el estrés, la angustia, etc.

A veces el problema viene de nuestra visión de futuro. Las preocupaciones debidas a diversas expectativas, etc. En general para contrarrestar algo hemos de encontrar el opuesto. Por ejemplo si pasamos frío, necesitamos calor. Para salir de la oscuridad necesitamos luz. La meditación o la oración no terminarán la oscuridad sino que la oscuridad se terminará con la luz.

El amor provoca el deseo de estar cerca, el odio provoca el deseo de estar lejos, el amor provoca el deseo de dar felicidad, el odio provoca el deseo de dar sufrimiento. Son fuerzas opuestas. Los cambios ocurren mediante la oposición de estas fuerzas contrarias. Cuando queremos superar un tipo de emoción necesitamos encontrar cuál es la emoción contraria e incrementarla. ¿Cómo podemos hacer esto? Necesitamos convicción. Fe, determinación y fuerza de voluntad son la base para ser capaces de transformar nuestra actitud.

Esta correcta convicción, conocimiento y un enfoque realista, no una fe ciega, son necesarios. El método correcto tiene que estar conforme con la realidad, conocer la realidad y actuar de acuerdo a ello. Existe también una conexión temporal, lo que sucede hoy depende de lo que sucedió ayer. Necesitamos una visión amplia y completa, hemos de trabajar las causas y condiciones, cuando queremos algo hemos de crear las causas y condiciones para que pueda ocurrir.

Pensar en los aspectos materiales sólo, no es suficiente. Para una vida feliz, exitosa y significativa, los valores materiales quizás requieren 30 o 40% pero el 60 o 70% restantes son los valores internos que debemos cultivar. Esto está conectado con la paz interna y la no violencia. Necesitamos liberarnos de las emociones negativas: ira, miedo, angustia. Esto es destructivo no sólo en un sentido espiritual, también en un sentido material. Cada vez más la medicina está documentando como estas emociones negativas influyen en nuestro sistema inmunitario. Aunque hay problemas físicos no deberíamos sentirnos desesperanzados. También tenemos que utilizar nuestra fortaleza mental. Esto es difícil para las personas con enfermedades mentales, entonces sus asistentes, cuidadores y familiares deben tratarles con mucho amor y afecto.

Nuestra esperanza de un mundo mejor está en las nuevas generaciones y por eso las familias tienen un papel fundamental. Un buen corazón, amor y afecto es lo que los padres deben transmitir a los hijos. La familia está unida por el afecto. Biológicamente estamos equipados por un gran corazón porque lo necesitamos. Unos amigos científicos me comentaron que al enfadarnos hay una mayor circulación de sangre hacia los brazos con el objetivo de poder defendernos. Si hay miedo, si necesitamos huir, en base a estas emociones, la circulación de la sangre va sobre todo a las piernas para que podamos correr.

Estos valores son parte de nuestra vida, los valores fundamentales son algo común en nuestra vida. Todos hemos nacido del vientre de una madre, todos tenemos el mismo potencial para desarrollar el querer cuidar de los demás ya que habiendo recibido el mantenimiento de la madre hay una base de afecto profundamente arraigado en nuestra mente.

No importa que tengas dinero, con un corazón lleno de enfado, la vida será solitaria. Es debido a nuestra actitud mental que hay enemigos. Con una actitud llena de compasión, benevolencia y amor, veremos una cara amiga en cada persona. Pensad más en los valores internos, esto es necesario para una vida más feliz.

También debemos promover la armonía religiosa. A pesar de las diferencias filosóficas, todas las religiones tienen un mensaje similar y por eso con una base de respeto mutuo, debemos fomentar el acercamiento y la convivencia armoniosa de las diferentes religiones.

Despiertate

Despertarse es la espiritualidad, porque sólo despiertos podemos entrar en la verdad y descubrir qué lazos nos impiden la libertad. Esto es la iluminación. Es como la salida del Sol sobre la noche, de la luz sobre la oscuridad. Es la alegría que se descubre a sí misma, desnuda de toda forma. Esto es la iluminación. El místico es el hombre iluminado, el que todo lo ve con claridad, porque está despierto.

No quiero que os creáis lo que os digo porque yo lo digo, sino que cuestionéis cada palabra y analicéis su significado y lo que os dice en vuestra vida personal; pero con sinceridad, sin auto engañaros por comodidad o por miedos.

Lo importante es el Evangelio, no la persona que lo predica ni sus formas. No la interpretación que se le ha dado siempre o la que le da éste o aquél, por muy canonizado que esté. Eres tú el que tiene que interpretar el mensaje personal que encierra para ti, en el ahora. No te importe lo que la religión o la sociedad prediquen.

La sociedad sólo canoniza a los que se conforman con ella. En el tiempo de Jesús y ahora. A Jesús no pudieron canonizarlo y por ello lo asesinaron. ¿Quiénes creéis que lo mataron? ¿Los malos? No. A Jesús lo asesinaron los buenos de turno, los más respetados y creídos en aquella sociedad. A Jesús lo mataron los escribas, los fariseos y sacerdotes; y si no andas con cuidado, asesinarás a Jesús mientras vives dormido.

Despertarse es la espiritualidad, porque sólo despiertos podemos entrar en la verdad y la libertad.

 

Estás dormido

¿Y cómo sabré si estoy dormido? Jesús os lo dice en el Evangelio: “¿Por qué decís Señor, Señor, si no hacéis lo que os digo?” Si no hacemos lo que Dios quiere y nos dedicamos a fabricarnos un Dios “tapa agujeros”, es que estamos dormidos. Lo que importa es responder a Dios con el corazón. No importa ser ateo, musulmán o católico; lo importante es la circuncisión y el bautismo del corazón. El estar despierto es cambiar tu corazón de piedra por uno que no se cierre a la verdad.

Si estás doliéndote de tu pasado, es que estás dormido. Lo importante es levantarse para no volver a caer. La solución está en tu capacidad de comprensión y de ver otra cosa que lo que te permites ver. Ver lo que hay detrás de las cosas. Cuando se te abran los ojos, verás cómo todo cambia, que el pasado está muerto y el que se duerme en el pasado está muerto, porque sólo el presente es vivo si tú estás despierto en él.

Metanoia quiere decir despertarse y no perderse la vida. Es vivenciar el pre­sente. Para saber esto hay un criterio: ¿Tú sufres? Es que estás dormido. Es igual que sepas muchas cosas y te de­diques a salvar a las personas. “El cie­go que guía a otro ciego” quiere decir que los dos están dormidos. Si sufres es que estás dormido. Me dirás que el dolor existe. Sí, es verdad que el dolor existe, pero no el sufrimiento. El sufri­miento no es real, sino una obra de tu mente. Si sufres es que estás dormido porque, en sí, el sufrimiento no existe, es un producto de tu sueño; y si estás dormido, verás a un Jesús dormido, que tú te has imaginado, que nada tiene que ver con el Jesús real, y eso puede ser muy peligroso.

Calderón dice: “Todo es según el co­lor del cristal con que se mira.” Si es­tás dormido no serás capaz de ver más que cosas dormidas, y no te darás cuen­ta hasta que despiertes. Pasará la vida por ti sin que tú la vivas.

Si tienes problemas es que estás dor­mido. La vida no es problemática. Es el yo (la mente humana) el que crea los problemas. A ver si eres capaz de com­prender que el sufrimiento no está en la realidad, sino en ti. Por eso, en todas las religiones, se ha predicado que hay que morir al yo para volver a nacer. Éste es el verdadero bautismo que hace surgir al hombre nuevo. La realidad no hace problemas, los problemas nacen de la mente cuando estás dormido. Tú pones los problemas.

Estar despierto es aceptarlo todo, no como ley, no como sacrificio, ni como esfuerzo, sino por iluminación.

Despierta

¿Se puede decir que en estos últi­mos días no te has sentido como un hombre libre y feliz, sin problemas ni preocupaciones? ¿No te has sentido así? Pues estás dormido. ¿Qué ocu­rre cuando estás despierto? No cambia nada, todo ocurre igual, pero tú eres el que ha cambiado para entrar en la realidad. Entonces lo ves todo claro.

Le preguntaron a un maestro orien­tal sus discípulos: “¿Qué te ha pro­porcionado la iluminación?” Y con­testó: “Primero tenía depresión y aho­ra sigo con la misma depresión, pero la diferencia está en que ahora no me molesta la depresión.”

Estar despierto es aceptarlo todo, no como ley, ni como sacrificio, ni como esfuerzo, sino por iluminación. Aceptarlo todo porque lo ves claro y ya nada ni nadie te puede engañar. Es desper­tar a la luz. El dolor existe, y el sufri­miento sólo surge cuando te resistes al dolor. Si tú aceptas el dolor, el sufrimiento no existe. El dolor no es inaguantable, porque tiene un sentido comprensible en donde se remansa. Lo inaguantable es te­ner el cuerpo aquí y la mente en el pasa­do o en el futuro.

Lo insoportable es querer distorsio­nar la realidad, que es inamovible. Eso sí que es insoportable. Es una lucha in­útil como es inútil su resultado: el su­frimiento. No se puede luchar por lo que no existe.

No hay que buscar la felicidad en donde no está, ni tomar la vida por lo que no es vida, porque entonces estaremos creando un sufrimiento que sólo es el resultado de nuestra ceguera y, con él, el desasosiego, la congoja, el mie­do, la inseguridad… Nada de esto exis­te sino en nuestra mente dormida. Cuando despertemos, se acabó.

Importa la vida

El ir contra la realidad, haciendo problemas de las cosas, es creer que tú importas, y lo cierto es que tú, como personaje individual, no importas nada. Ni tú, ni tus decisiones ni acciones im­portan en el desarrollo de la vida; es la vida la que importa y ella sigue su cur­so. Sólo cuando comprendes esto y te acoplas a la unidad, tu vida cobra sen­tido. Y esto queda muy claro en el Evangelio. ¿Importaron todas las trans­gresiones y desobediencias para la his­toria de la salvación? ¿Importa si yo asesino a un hombre? ¿Importó el que asesinaran a Jesucristo? Los que lo ase­sinaron creían estar haciendo un acto bueno, de justicia, y lo hicieron después de mucho discernimiento.

Jesús era portador de la luz y por ello predicaba las cosas más raras y contra­rias al judaísmo, a sus creencias e in­terpretaciones religiosas: hablaba con las mujeres, comía con los ladrones y prostitutas. Pero, además, interpretaba la Ley en profundidad, saltándose las reglas y sus formas. Los sabios y los poderosos tenían que eliminarlo. ¿Po­día ser de otra manera? Era necesario que muriera así, asesinado y no enfer­mo de vejez.

Cuentan que un rey godo se emocio­nó al oír el relato de Jesús y dijo: “¡De estar yo allí, no lo hubieran matado!”

¿Lo creemos así, como ese rey godo? Dormimos.

La muerte de Jesús descubre la rea­lidad en una sociedad que está dormi­da y, por ello, su muerte es la luz. Es el grito para que despertemos.

 

No te ates

¿Qué hace falta para despertarse? No hace falta esfuerzo ni juventud ni dis­currir mucho. Sólo hace falta una cosa, la capacidad de pensar algo nuevo, de ver algo nuevo, de ver algo nuevo y de descubrir lo desconocido. Es la capa­cidad de movernos fuera de los esque­mas que tenemos. Ser capaz de saltar sobre los esquemas y mirar con ojos nuevos la realidad que no cambia.

El que piensa como marxista, no piensa; el que piensa como budista, no piensa; el que piensa como musulmán, no piensa… y el que piensa como católico, tampoco piensa. Ellos son pensados por su ideología. Tú eres un esclavo en tanto y en cuanto no puedes pensar por encima de tu ideología. Vives dormido y pensado por una idea. El profeta no se deja lle­var por ninguna ideología, y por ello es tan mal recibido. El profeta es el pionero, que se atreve a elevarse por encima de los esquemas, abriendo camino.

La Buena Nueva fue rechazada por­que no querían la liberación personal, sino un caudillo que los guiase. Tememos el riesgo de volar por noso­tros mismos. Tenemos miedo a la li­bertad, a la soledad, y preferimos ser esclavos de unos esquemas. Nos ata­mos voluntariamente, llenándonos de pesadas cadenas, y luego nos queja­mos de no ser libres. ¿Quién te tiene que liberar si ni tú mismo eres cons­ciente de tus cadenas?

Las mujeres se atan a sus maridos, a sus hijos. Los maridos a sus mujeres, a sus negocios. Todos nos atamos a los deseos y nuestro argumento y justifi­cación es el amor. ¿Qué amor? La rea­lidad es que nos amamos a nosotros mismos, pero con un amor adulterado y raquítico que sólo abarca el yo, el ego. Ni siquiera somos capaces de amarnos a nosotros mismos en libertad. Entonces, ¿cómo vamos a saber amar a los demás, aunque sean nuestros es­posos o nuestros hijos? Nos hemos acostumbrado a la cárcel de lo viejo y preferimos dormir para no descubrir la libertad que supone lo nuevo.

Lo peor y más peligroso del que duerme es creer que está despierto y confundir sus sueños con la realidad.

 

No confundas los sueños

Vosotros estáis dormidos porque, si no, ya no necesitarías venir a este cur­so. Si ya lo vierais todo con ojos nue­vos, ya no necesitaríais venir a desper­taros. Pero, si sois capaces de recono­ceros dormidos, ser conscientes de que no estáis despiertos, ya es un paso. Pues lo peor y más peligroso del que duer­me es creer que está despierto y con­fundir sus sueños con la realidad. Lo primero que necesitáis para despertar, es saber que estáis durmiendo y estáis soñando.

La religión es una cosa buena en sí, pero en manos de gente dormida pue­de hacer mucho daño. Y lo podemos ver muy claramente por la historia de una religión que, en el nombre de Dios, cometió tantas barbaridades creyendo que hacía el bien. Si no sabes emplear la religión en esencia, en libertad, sin fanatismos ni ideologías de un color u otro, puedes hacer mucho daño y, de hecho, se sigue haciendo.

Para despertar hay que estar dispues­to a escucharlo todo, más allá de los cartelitos de buenos y malos, con receptividad, que no quiere decir credu­lidad. Hay que cuestionarlo todo, aten­tos a descubrir las verdades que puede haber, separándolas de las que no lo son. Si nos identificamos con las teo­rías sin cuestionarlas con la razón -y sobre todo con la vida- y nos las tra­gamos almacenándolas en la mente, es que seguimos dormidos. No has sabi­do asimilar esas verdades para hacer tus propios criterios. Hay que ver las ver­dades, analizarlas y ponerlas a prueba, una vez cuestionadas.

“Haced lo que os digo”, dice Jesús. Pero no podremos hacerlo si antes no nos transformamos en el hombre nue­vo, despierto, libre, que ya puede amar.

“Aunque diera todo a los pobres, y mi cuerpo a las llamas -dice Pablo­, ¿de qué me serviría si no amo?” Este modo de ver de Pablo se consigue vi­viendo, y este modo de ser nace de es­tar despierto, disponible y sin engaños.

Cuando la relación entre amigos no funciona lo bien que tú quisieras, pue­des aliviarla. Puedes pararte y comen­zar una tregua, pero si no has puesto al aire las premisas que están debajo, el problema sigue en pie, y seguirá gene­rando sentimientos negativos.

¡Qué lío!

Mi vida es un lío. ¿Soy capaz de re­conocerlo? Necesito tener receptividad. ¿Estoy dispuesto a reconocer que el su­frimiento y la congoja los fabrico yo mismo? Si eres capaz de darte cuenta, es que comienzas a despertarte.

Ordinariamente, buscamos alivio y no curación. Cuando sufres, ¿estás dis­puesto a separarte de ese sufrimiento lo necesario para analizarlo y descubrir el origen que está detrás? Es preferible dejar que sufras un poco más, hasta que te hartes y estés dispuesto a ver. O des­piertas tú, o la vida te despertará.

Las componendas y alivios son manejos comerciales del buen comportamiento que te ha metido en la mente tu sentido de buena educación. Si los miras, bien despierto, descubri­rás que no son más que utilización, co­mercio de toma y daca y chantaje, más hipocresía. Cuando ves esto, ¿quieres quitarte el cáncer, o tomar un analgésico para no sufrir? Cuando la gente se harta de sufrir es un buen momento para despertar.

Buda dice: “El mundo está lleno de dolor, que genera sufrimiento. La raíz del sufrimiento es el deseo. Si quieres arrancarte esa clase de dolor, tendrás que arrancarte el deseo.”

¿El deseo es cosa buena? Es una cuestión de lenguaje, pues la palabra “deseo”, en español, abarca deseos buenos, que son estímulos de acción, y deseos estériles, que a nada condu­cen. A estos deseos, para entendernos, vamos a llamarlos apegos.

La base del sufrimiento es el ape­go, el deseo. En cuanto deseas una cosa compulsivamente y pones todas tus ansias de felicidad en ella, te ex­pones a la desilusión de no conseguir­la. De no haber deseado tanto que tu amigo te acoja, te contemple y te ten­ga en cuenta; de no desearlo tanto, no te importaría su indiferencia ni su re­chazo. Donde no hay deseo-apego, no hay miedo, porque el miedo es la cara opuesta del deseo, insepa­rable de él.

Sin esta clase de deseos, nadie te puede intimidar, ni nadie te puede con­trolar o robar, porque, si no tienes deseos, no tienes miedo a que te quiten nada.

No hay pareja ni amistad que esté tan segura como la que se mantiene libre. Sólo es eterno lo que se basa en un amor libre. Los deseos te hacen siempre vulnerables.

 

El amor no duerme

Donde hay amor no hay deseos. Y por eso no existe ningún miedo. Si amas de verdad a tu amigo, tendrías que poder decirle sinceramente: “Así, sin los cristales de los deseos, te veo como eres, y no como yo desearía que fue­ses, y así te quiero ya, sin miedo a que te escapes, a que me faltes, a que no me quieras.” Porque en realidad, ¿qué deseas? ¿Amar a esa persona tal cual es, o a una imagen que no existe? En cuanto puedas desprenderte de esos deseos-apegos, podrás amar; a lo otro no se lo debe llamar amor, pues es todo lo contrario de lo que el amor significa.

El enamorarse tampoco es amor, sino desear para ti una imagen que te imaginas de una persona. Todo es un sueño, porque esa persona no existe. Por eso, en cuanto conoces la reali­dad de esa persona, como no coincide con lo que tú te imaginabas, te des­enamoras. La esencia de todo enamo­ramiento son los deseos. Deseos que generan celos y sufrimiento porque, al no estar asentados en la realidad, viven en la inseguridad, en la descon­fianza, en el miedo a que todos los sueños se acaben, se vengan abajo.

El enamoramiento proporciona cier­ta emoción y exaltación que gusta a las personas con una inseguridad afectiva y que alimentan una sociedad y una cultura que hacen de ello un comercio. Cuando estás enamorado no te atreves a decir toda la verdad por miedo a que el otro se desilusione porque, en el fon­do, sabes que el enamoramiento sólo se alimenta de ilusiones e imágenes idealizadas.

El enamoramiento supone una ma­nipulación de la verdad y de la otra per­sona para que sienta y desee lo mismo que tú y así poder poseerla como un objeto, sin miedo a que te falle. El ena­moramiento no es más que una enfer­medad y una droga del que, por su in­seguridad, no está capacitado para amar libre y gozosamente.

La gente insegura no desea la felicidad de verdad; porque teme el riesgo de la libertad y, por ello, prefiere la dro­ga de los deseos. Con los deseos vie­nen el miedo, la ansiedad, las tensio­nes y…, por descontado, la desilusión y el sufrimiento continuos. Vas de la exaltación al desespero.

¿Cuánto dura el placer de creer que has conseguido lo que deseabas? El primer sorbo de placer es un encan­to, pero va prendido irremediable­mente al miedo a perderlo, y cuando se apoderan de ti las dudas, llega la tristeza. La misma alegría y exalta­ción de cuando llega el amigo, es pro­porcional al miedo y al dolor de cuan­do se marcha… o cuando lo esperas y no viene… ¿Vale la pena? Donde hay miedo no hay amor, y podéis es­tar bien seguros de ello.

Cuando despertamos de nuestro sue­ño y vemos la realidad tal cual es, nues­tra inseguridad termina y desaparecen los miedos, porque la realidad es y nada la cambia. Entonces puedo decirle al otro: “Como no tengo miedo a perderte, pues no eres un objeto de propiedad de nadie, entonces puedo amarte así como eres, sin deseos, sin apegos ni condiciones, sin egoísmos ni querer poseerte.” Y esta forma de amar es un gozo sin límites.

¿Qué haces cuando escuchas una sinfonía? Escuchas cada nota, te delei­tas en ella y la dejas pasar, sin buscar la permanencia de ninguna de ellas, pues en su discurrir está la armonía, siempre renovada y siempre fresca. Pues, en el amor, es igual. En cuanto te agarras a la permanencia destruyes toda la belleza del amor. No hay pare­ja ni amistad que esté tan segura como la que se mantiene libre. El apego mu­tuo, el control, las promesas y el deseo, te conducen inexorablemente a los con­flictos y al sufrimiento y, de ahí, a cor­to o largo plazo, a la ruptura. Porque los lazos que se basan en los deseos son muy frágiles. Sólo es eterno lo que se basa en un amor libre. Los deseos te hacen siempre vulnerable.

 

Disparar gratuitamente

Hay dos tipos de deseos o de de­pendencias: el deseo de cuyo cumpli­miento depende mi felicidad y el deseo de cuyo cumplimiento no depen­de mi felicidad.

El primero es una esclavitud, una cárcel, pues hago depender de su cumplimiento, o no, mi felicidad o mi sufrimiento. El segundo deja abierta otra alternativa: si se cumple me ale­gro y, si no, busco otras compensaciones. Este deseo te deja más o me­nos satisfecho, pero no te lo juegas todo a una carta.

Pero existe una tercera opción, hay otra manera de vivir los deseos: como estímulos para la sorpresa, como un juego en el que lo que más importa no es ganar o perder, sino jugar.

Hay un proverbio oriental que dice: “Cuando el arquero dispara gratuita­mente, tiene con él toda su habilidad.” Cuando dispara esperando ganar una hebilla de bronce, ya está algo nervio­so. Cuando dispara para ganar una me­dalla de oro, se vuelve loco pensando en el premio y pierde la mitad de su habilidad, pues ya no ve un blanco, sino dos. Su habilidad no ha cambiado pero el premio lo divide, pues el deseo de ganar le quita la alegría y el disfrute de disparar. Quedan apegadas allí, en su habilidad, las energías que necesitaría libres para disparar. El deseo del triun­fo y el resultado para conseguir el pre­mio se han convertido en enemigos que le roban la visión, la armonía y el goce.

El deseo marca siempre una depen­dencia. Todos dependemos, en cierto sentido, de alguien (el panadero, el le­chero, el agricultor, etc., que son necesarios para nuestra organización). Pero depender de otra persona para tu pro­pia felicidad es, además de nefasto para ti, un peligro, pues estás afirmando algo contrario a la vida y a la realidad.

Por tanto, el tener una dependencia de otra persona para estar alegre o tris­te es ir contra la corriente de la reali­dad, pues la felicidad y la alegría no pueden venirme de fuera, ya que están dentro de mí. Sólo yo puedo actualizar las potencias de amor y felicidad que están dentro de mí y sólo lo que yo con­siga expresar, desde esa realidad mía, me puede hacer feliz, pues lo que me venga desde afuera podrá estimularme más o menos, pero es incapaz de dar­me ni una pizca de felicidad.

Dentro de mí suena una melodía cuando llega mi amigo, y es mi melo­día la que me hace feliz; y cuando mi amigo se va me quedo lleno con su música, y no se agotan las melodías, pues con cada persona suena otra me­lodía distinta que también me hace fe­liz y enriquece mi armonía. Puedo te­ner una melodía o más, que me agra­den en particular, pero no me agarro a ellas, sino que me agradan cuando es­tán conmigo y cuando no están, pues no tengo la enfermedad de la nostalgia, sino que estoy tan feliz que no añoro nada. La verdad es que yo no puedo echarte de menos porque estoy lleno de ti. Si te echase de menos sería recono­cer que al marcharte te quedaste fuera. ¡Pobre de mí, si cada vez que una per­sona amada se va, mi orquesta deja de sonar!

Cuando te quiero, te quiero inde­pendiente de mí, y no enamorado de mí, sino enamorado de la vida. No se puede caminar cuando se lleva a al­guien agarrado. Se dice que tenemos necesidades emocionales: ser querido, apreciado, pertenecer a otro, que se nos desee. No es verdad. Esto, cuando se siente esa necesidad, es una enfermedad que viene de la inse­guridad afectiva.

Tanto la enfermedad, necesidad de sentirme querido, como la medicina que se ansía, el amor recibido, están basados en premisas falsas. Necesida­des emocionales para conseguir la fe­licidad en el exterior, no hay ninguna; puesto que tú eres el amor y la felici­dad en ti mismo. Sólo mostrando ese amor y gozándote en él vas a ser real­mente feliz, sin agarraderas ni deseos, puesto que tienes en ti todos los ele­mentos para ser feliz.

La respuesta de amor del exterior agrada y estimula, pero no te da más felicidad de la que tú dispones, pues tú eres toda la felicidad que seas capaz de desarrollar. Dios es la Verdad, la Feli­cidad y la Realidad, y Él es la Fuente, dispuesta siempre para llenarnos en la medida que, libremente, nos abramos a Él.

Tú ya eres felicidad

Despertarse es la única experiencia que vale la pena. Abrir bien los ojos para ver que la infelicidad no viene de la realidad, sino de los deseos y de las ideas equivocadas. Para ser feliz no has de hacer nada, ni conseguir nada, sino deshacerte de falsas ideas, ilusiones y fantasías que no te dejan ver la reali­dad. Eso sólo se consigue mantenién­dote despierto y llamando a las cosas por su nombre.

Tú ya eres felicidad, eres la felici­dad y el amor, pero no lo ves porque estás dormido. Te escondes detrás de las fantasías, de las ilusiones y también de las miserias de las que te avergüen­zas. Nos han programado para ser feli­ces o infelices (según aprieten el botón de la alabanza o de la crítica), y esto es lo que te tiene confundido. Has de dar­te cuenta de esto, salir de la programa­ción y llamar a cada cosa por su nombre.

Si te empeñas en no despertar, nada se puede hacer. “No te puedes empe­ñar en hacer cantar a un cerdo, pues perderás tu tiempo y el cerdo se irrita­rá.” Ya sabes que no hay peor sordo que el que no quiere oír. Si no quieres oír para despertar, seguirás programado, y la gente dormida y programada es la más fácil de controlar por la sociedad.

Dentro de mí suena una melodía cuando llega mi amigo, y es mi melodía la que me hace feliz; y cuando mi amigo se va me quedo lleno de su música

 

¡Desprográmate!

Lo importante es ser capaz de darte cuenta de que no eres más que un yo­yo, siempre de arriba para abajo, según tus problemas, tus disgustos o depre­siones; que eres incapaz de mantener una estabilidad. Darte cuenta de que te pasas la vida a merced de personas, de cosas o situaciones. Que te manipulan o tú puedes manipular. Que no eres dueño de ti ni capaz de mirar las situaciones con sosiego, sin enfados ni ansiedad.

Toda esa actitud sólo depende de tu programación. Estamos programados desde niños por las conveniencias socia­les, por una mal llamada educación y por lo cultural. Vivimos por ello programa­dos y damos la respuesta esperada ante situaciones determinadas, sin pararnos a pensar qué hay de cierto en la situación, y si es consecuente con lo que de verdad somos esa respuesta habitual y mecá­nica.

Tenemos programadas ideas conven­cionales y culturales, que tomamos como verdades cuando no lo son. Como la idea de patria, de fronteras y hábitos culturales que nos llevan a con­flictos cuando nada tienen que ver con la verdad.

Lo que haces como hábito, te hace dependiente porque te lo han programado. Sólo lo que surge de dentro es tuyo y te hace libre.

Cuando venía hacia aquí, en el avión, me dijeron:

-Mira, ya salimos de la India, ahí está la frontera.

Yo me asomé y por más que miraba no vi ni una línea, ni una barrera natu­ral de separación. ¿Es que existen las fronteras en la naturaleza? No están más que en nuestra mente. Toda tierra es de todos, y toda cultura no es más que ideas que nos separan.

Hubo un niño blanco que se perdió en la selva y se crió en una tribu con cultura distinta. Cuando creció se casó con una nativa de aquella cultura. Ocu­rrió que a una amiga de su mujer se le murió su marido en la guerra, y aque­lla noche, al pensar en su amiga sola, la mujer nativa le dijo al marido blanco:

-Oye, me gustaría que fueses a consolar a mi amiga, que está sola, y como ya no tiene marido te acostases con ella.

El marido, que recordaba aún rasgos de su cultura, se negaba, horrorizado, pero al final complació a su mujer. Cuando volvió, la mujer le dijo:

-Ya sabía que eras un buen hom­bre y ahora te quiero más, porque eres compasivo y me siento orgullosa de ti.

¡Qué bella su cultura, pero qué difí­cil de entender y seguir para nosotros! No existe separación de razas, sólo dis­tintas culturas programadas en nuestras mentes. En la naturaleza no existen fronteras. El honor, el éxito y el fraca­so no existen, como tampoco la belle­za ni la fealdad, porque todo consiste en una manera de ver de cada cultura. Es lo cultural lo que provoca esas emo­ciones ante el nombre de patria, raza, idioma o pueblo. Son distintas formas de ver que están programadas en nues­tra mente. La patria es el producto de la política, y la cultura es la manera de adoctrinar.

Cuando eres un producto de tu cul­tura, sin cuestionarte nada, te convier­tes en un robot. Tu cultura, tu religio­sidad y las diferencias raciales, nacio­nales o regionales te han sido estam­padas como un sello y las tomas como algo real. Te enseñaron una religiosi­dad y una forma de comportarte que no has elegido, sino que te vinieron im­puestas desde fuera, antes de que tuvie­ses edad o discernimiento para decidir, y sigues así, con ellas colgadas, como una piedra al cuello.

Sólo lo que nace y se decide aden­tro es auténtico y te hace libre. Lo que haces como hábito y que no puedes dejar de hacer porque te domina, te hace dependiente, esclavo de lo que crees, porque te lo han programado. Sólo lo que surge de dentro lo anali­zas, lo pasas por tu criterio y te deci­des a ponerlo en práctica asumiéndo­lo; es tuyo y te hace libre.

Tienes que liberarte de tu historia y su programación para responder por ti mismo y no de personaje a personaje.

Lo mismo ocurre con lo que creemos amor y que no es más que un mo­delo cultural aceptado por la mente. No se puede vivir influenciado por el pa­sado. Lo menos que se puede hacer por el amor es ser sincero, tener claridad de percepción y llamar a cada cosa por su nombre. Ser capaz de dar la respues­ta precisa sin engañar ni engañarte. Por­que te amo te doy la respuesta, desde mi realidad, que te corresponde a ti y a tu realidad, en este momento. Más tar­de no sé lo que puede ocurrir, y por ello no te hago promesas que no sé si po­dría cumplir.

Esto es lo menos que puedes exigirle al amor: sinceridad. La espiritualidad consiste en ver las cosas, no a través de cristales de color, sino tal como son. La espiritualidad ha de nacer de ti mismo; y cuanto más seas tú mismo, serás más es­piritual.

Lo cierto es que el dolor existe porque rechazamos que lo único sustancial es el amor, la felicidad, el gozo.

 

No seas fotocopia

No imites a nadie, ni siquiera a Je­sús. Jesús no era copia de nadie. Para ser como Jesús, has de ser tú mis­mo, sin copiar a nadie, pues todo lo auténtico es lo real, como real era Jesús.

La culpabilidad y la crítica no exis­ten más que en la mente de la cultu­ra. Las personas que menos se pre­ocupan de la vida de ahora, de vivir el presente, son las que más se pre­ocupan por lo venidero. Preocúpate por estar despierto, vive ahora y no te importará el futuro. Cuando tu mentalidad cambia, todo cambia para ti, a tu alrededor. Lo que antes te pre­ocupaba tanto, ahora te importa un bledo y, en cambio, vas descubrien­do cosas maravillosas que antes te pasaban inadvertidas.

Lo que más les preocupa a las per­sonas programadas es tener razón. Tie­nen miedo a perder sus ideas, en las que se apoyan, porque les dan pavor el ries­go, el cambio, la novedad, y se agarran a sus viejas ideas porque están fosili­zadas.

Nuestra vida se convierte en un lío porque tomamos por realidad lo que no son más que programaciones que no nos sirven de nada y nos agarramos a ellas porque no sabemos descubrir otra cosa. En el fondo, tenemos una enor­me inseguridad y, para sentirnos mejor, vamos a consultar a los que creemos que saben más que nosotros, creyendo que ellos nos van a solucionar los pro­blemas. Pero los problemas, que sólo existen en nuestra imaginación, sólo despertando los solucionaremos.

Fácil y difícil

Se cuenta que había un gran maes­tro llamado Buso, que vivía con su es­posa y una hija, todos con fama de sa­biduría y santidad. Un día se acercó un hombre al maestro y le preguntó:

La iluminación, ¿es fácil o difícil?

Y Buso le contestó:

Es tan difícil como alcanzar la Luna.

No conforme, el hombre se acercó a la mujer de Buso y le hizo la misma pregunta, a lo que ella le contestó:

Es muy fácil. Es tan fácil como beberse un vaso de agua.

Intrigado se quedó el hombre y, para salir de dudas, le hizo la misma pregunta a la hija del maestro, que le contestó:

¡Hombre!, si lo haces difícil es di­fícil, pero si lo haces fácil…

Lo más difícil es la capacidad de ver, ver simplemente, con sinceridad, sin engañarse, porque ver significa cambio, nada a qué agarrarse, y esta­mos acostumbrados a buscarnos asi­deros y a andar con muletas. En cuan­to llegas a ver con claridad, tienes que volar; y volar es no tener nada de qué agarrarte. Necesitamos desmontar la tienda en la que nos refugiábamos y seguir por el sendero adelante sin apoyos.

El susto mayor es por la aniquilación de todo miedo, puesto que los miedos han sido el manto en el que te envol­vías para no ver ni ser visto. Dejar las cosas atrás y enfrentarte a la felicidad, cuando no quieres ser feliz a ese pre­cio. Una felicidad que has de expre­sar tú y no esperar a que te la den he­cha. Aunque vas diciendo que buscas la felicidad, lo cierto es que no quie­res ser feliz. Prefieres volver al nido antes que volar porque tienes miedo, y el miedo es algo conocido y la feli­cidad no.

En mi profesión de psicólogo ad­vierto cada día esto. Lo primero que tiene que entender el buen psi­cólogo es que el que viene a él no busca la curación, sino el alivio, la comodidad, pero no quiere cam­biar; es demasiado expuesto y com­prometido.

Es como aquel que está metido en la porquería hasta la boca y que lo único que le preocupa es que no le hagan olas, no que lo saquen de allí. Lo malo es que la mayoría equipara la felicidad con conseguir el objeto de su apego, y no quiere saber que la fe­licidad está precisamente en la ausen­cia de los apegos, y en no estar so­metido al poder de ninguna persona o cosa.

En la naturaleza no existen fronteras. No están más que en nuestra mente. Toda tierra es de todos, y toda cultura no es más que ideas que nos separan.

 

Conocerse a fondo

Para despertarse, el único camino es la observación. El ir observándose. El ir observándose uno a sí mismo, sus re­acciones, sus hábitos y la razón de por qué responde así. Observarse sin críti­cas, sin justificaciones ni sentido de culpabilidad ni miedo a descubrir la verdad. Es conocerse a fondo.

El indagar e investigar quién es Je­sucristo es muy loable, pero ¿para qué sirve? ¿Te puede servir para algo si no te conoces a ti mismo? ¿Te sirve para algo si estás controlado y manipulado sin saberlo?

La pregunta más importante del mundo, base de todo acto maduro, es: ¿Yo, quién soy? Porque, sin conocerte, no puedes conocer ni a Dios. Conocer­te a ti mismo es fundamental. Sin em­bargo, lo curioso del caso es que no hay respuesta para la pregunta ¿quién soy yo?, porque lo que tienes que averiguar es lo que no eres, para llegar al ser que ya eres.

Hay un proverbio chino que dice: “Cuando el ojo no está bloqueado, el resultado es la visión. Cuando la men­te no está bloqueada, el resultado es la sabiduría, y cuando el espíritu no está bloqueado, el resultado es el amor.”

Hay que quitar las vendas para ver. Si no ves, no puedes descubrir los im­pedimentos que no te están dejando ver.

El observarte a ti mismo es estar atento a todo lo que acontece dentro y alrededor de ti, como si esto le ocurrie­se a otra persona, sin personalizarlo, sin juicio ni justificaciones ni esfuerzos por cambiar lo que está sucediendo, ni for­mular ninguna crítica ni autocompade­certe. Los esfuerzos que hagas por cam­biar son peores, pues luchas contra unas ideas, y lo que hay que hacer es com­prenderlas, para que ellas se caigan por sí solas una vez que comprendas su fal­ta de realidad. Hay que cuestionar todo esto para ver si se comprende como una verdad y entonces te pondrás a obser­varte.

La vida observada

A veces te sientes mal, hecho un lío, no sabes funcionar solo y te vas al psi­cólogo a que te arregle. El psicólogo no puede hacer nada que tú no hagas. No puede conseguir nada que tú no es­tés dispuesto a hacer. Puede escuchar­te y ayudar a que tú mismo vayas acla­rándote mientras hablas. En verdad, lo que haces allí es observarte, y eso es lo que has de hacer tú, pero de con­tinuo. Yo soy psicólogo y puedo de­cirte que la terapia, la mayoría de las veces, lo que hace es un intercambio de problemas: te quita uno, pero te mete otro.

La espiritualidad es la que intenta solucionarte. Busca solucionar el pro­blema del yo, que es el que está gene­rando los problemas que te llevan al psicólogo y al psiquiatra. La espiritua­lidad va directamente a la raíz, a res­catar tu yo, el auténtico, que está aho­gado por barreras que no lo dejan ser libremente.

El hacer esfuerzos por cambiar es contraproducente, pues lo que te va a cambiar es la verdad: observar la ver­dad y comprender que tu programación no te deja ser tú mismo. El observador es lo que te va a cambiar. “La vida no observada, no examinada, no vale la pena vivirla, porque no es vida”, decía Sócrates.

Es preciso darse cuenta de todas las reacciones que surgen al mirar a una persona, un paisaje o a uno mismo. Observa cómo sueles reaccionar frente a determinadas situaciones. Mirar con objetividad, como si no fueras tú, to­mando conciencia de lo que pasa den­tro y fuera de ti, estando atento (como cuando conduces). Hacerlo sin juicios valorativos, porque si te pones etique­tas, ya no ves las cosas como son. Caer en la cuenta, sin prejuicios, sólo enten­diéndolo.

Si no cambiamos espontáneamente es porque ponemos resistencia. En cuanto descubramos los motivos de la resistencia, sin reprimirla ni rechazar­la, ella misma se disolverá. Cuando en nosotros hay sensibilidad, no se nece­sita violencia alguna para conseguir las cosas que necesitamos, pues todo se resuelve entendiendo, comprendiendo; y nos sorprendemos al ver cómo todo se resuelve según comprendemos la realidad y no luchemos contra ella.

Tenemos que darnos cuenta de que, con la palabra, o con el pensa­miento, solemos etiquetar las cosas y las personas, y luego, como conse­cuencia de ello, vivimos el personaje de la etiqueta, y no la persona. Po­nerse en contacto con la realidad es mirar ésta sin querer interpretarla, ni cambiar nada, sino dejar que la rea­lidad cambie el orden de las cosas lu­ciendo por sí misma.

Para ser como Jesús, has de ser tú mismo, sin copiar a nadie, pues todo lo auténtico es lo real, como real era Jesús.

Métodos para ser feliz

Darte cuenta del dolor, de la aflic­ción o del desasosiego que sufres y cuál es el motivo; de dónde sale, en verdad,

ese sufrimiento. Si te sientes molesto, darte cuenta en seguida de ello, y de dónde nace este malestar. (Si dices que estás molesto porque alguien se ha por­tado mal contigo, no se puede enten­der que tú te castigues porque otro se comporta mal. Tiene que haber otro motivo más personal y escondido. Ob­sérvalo.)

Darte cuenta de que el sufrimiento o las molestias se deben a tu reacción ante un hecho o una situación concreta y no a la realidad de lo que está ocu­rriendo. (Si vas a ir al campo y llueve, el enfado no está en la lluvia -que es la realidad-, sino en tu reacción por­que se han contrariado tus planes.)

Solemos echar la culpa a la realidad y no queremos darnos cuenta de que son nuestras reacciones programadas las que nos contrarían. Tenemos unos hábitos inculcados, que funcionan como una maquinita automática: a tal pregunta, tal respuesta; a tal contrarie­dad, tal reacción. Y funcionamos como autómatas. La cultura nos inculca unas leyes rígidas, cuya única razón es que así se ha hecho siempre. Y con esta ra­zón tan endeble somos capaces de ma­tarnos por defender: honor, patria, ban­dera, raza, familia, buenas costumbres, orden, ideales, buena fama y muchas más palabras que no encierran más que ideas sin sentido real, que nos han in­culcado como cultura. Y lo mismo ocu­rre con las ideas religiosas.

Lo importante es el ser, y no el fi­gurar. La verdad es que estamos tan metidos en esa programación que ac­tuar con claridad de percepción, desde esa cultura, casi parece un milagro, y más si pretendemos reaccionar sin dis­gusto. Hay que despertarse antes para comprender que lo que te hace sufrir no es la vida, sino tus alucinaciones, y cuando consigues despertar y apartas los sueños, te encuentras cara a cara con tu libertad y con la verdad gozosa.

Lo cierto es que el dolor existe por­que rechazamos que lo único sustancial es el amor, la felicidad, el gozo. Cuan­do somos capaces de encontrar el ca­mino despejado, para ese amor-felici­dad que somos, nos topamos con el dolor, que no es nada concreto ni sus­tancial por sí mismo, sino la ausencia de la percepción del amor-felicidad. Como la oscuridad, que no existe, sino que es consecuencia de la menor per­cepción de la luz.

La vida es, en sí, un puro gozo y tú eres amor-felicidad como sustancia y potencial para desarrollar. Sólo los obs­táculos de la mente te impiden disfru­tarla plenamente. Son las resistencias que pone tu programación lo que te impide ser feliz. De no tropezar con tu resistencia, ¿dónde estaría el dolor? Habría una armonía en ti, igual a la que existe en la naturaleza. Más aun, pues tú eres rey de esa naturaleza y dotado de una sensibilidad para captar la bon­dad, la felicidad y la belleza, que te hace creativo y capaz ya, no sólo de ser feliz, sino de dar amor-felicidad a ma­nos llenas.

Con sólo observar todo esto ya es­tás dando un paso para tu despertar. Todo depende de tu reacción, y ésta depende de tu programación; y si eres capaz de observar esto y comprender­lo, ya tendrás bastante.

Lo más difícil es la capacidad de ver, ver simplemente, con sinceridad, sin engañarse, porque ver significa cambio.

Fuente : Francisco M, El universal, Mahatma_Gandhi, Bibliomed, Marta Mora,  Dalai Lama, Auto liberación interior, Ing. Ricardo E. González O.

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