El Cerebro – Hay alguien en mi cabeza, pero no soy yo

Su cerebro es el órgano más poderoso del cuerpo, pero sólo pesa alrededor de tres libras. Su textura parece jalea dura.

Tiene tres partes principales:

  1. El encéfalo llena la mayoría de su cráneo. Es el centro de coordinación de actividades sensoriales e intelectuales como la memoria y la resolución de problemas. También controla el movimiento del cuerpo.
  2. El cerebelo es la parte posterior del cerebro, bajo el encéfalo. Controla la coordinación y el balance.
  3. El tronco cerebral está debajo de su encéfalo y en frente de su cerebelo. Conecta el cerebro a la columna vertebral y controla funciones automáticas como la respiración, la digestión, la frecuencia cardíaca y la presión arterial.

Su cerebro es alimentado por una de las redes de vasos sanguíneos más importantes del cuerpo.

Con cada latido del corazón, las arterias llevan cerca de 20 a 25 por ciento de su sangre al cerebro, donde billones de células usan un 20 por ciento del oxígeno y combustible que lleva su sangre.

Cuando usted está pensando mucho y muy fuerte, es posible que su cerebro use hasta 50 por ciento del combustible y el oxígeno.

La red entera de vasos incluye venas y capilares junto con las arterias

La superficie arrugada de su cerebro es una capa externa especializada del encéfalo llamada la corteza. Los científicos han hecho un “mapa” de la corteza al identificar ciertas áreas fuertemente relacionadas a ciertas funciones.

Regiones específicas de la corteza:

Interpretan sensaciones de su cuerpo, vistas, sonidos y olores del mundo exterior.

Generan pensamientos, resuelven problemas y hacen planes. Forman y almacenan recuerdos. Controlan movimientos voluntarios.

 

Su cerebro está dividido en dos mitades, uno del lado izquierdo y uno del lado derecho. Los expertos no están seguros de la diferencia entre las funciones de los dos lados, excepto que:

El lado izquierdo controla el movimiento del lado derecho del cuerpo.

El lado derecho controla el movimiento del lado izquierdo del cuerpo.

En la mayoría de las personas, el área que controla el lenguaje está principalmente en el lado izquierdo.

El trabajo real de su cerebro está llevado a cabo por células individuales. El cerebro de un adulto contiene alrededor de 100 billones de neuronas, con ramas que se conectan en más de 100 trillones de puntos. Los científicos le pusieron el nombre de “bosque de neuronas” a esta red densa y expandida.

Las señales que pasan por el bosque de neuronas forman la base de los recuerdos, los pensamientos y los sentimientos.

Las neuronas son el tipo de célula principalmente destruido por la enfermedad de Alzheimer.

Las señales que forman recuerdos y pensamientos se mueven por una neurona individual como una minúscula carga eléctrica.

Las neuronas se conectan de una a otra por medio de sinapsis. Cuando una carga eléctrica llega a la sinapsis, puede provocar la transmisión de minúsculos impulsos químicos llamados neurorreguladores. Los neurorreguladores son transmitidos a través de la sinapsis, llevando señales a otras células. Los científicos han identificado docenas de neurorreguladores.

La enfermedad de Alzheimer interrumpe no solamente la manera en que las cargas eléctricas viajan entre las células sino también la actividad de los neurorreguladores.

100 billones de neuronas . . .100 trillones de sinapsis . . . docenas de neurorreguladores . . .  Esta “fuerza en números” provee la materia prima de su cerebro. Con el tiempo, nuestras experiencias crean modelos del tipo y la fuerza de las señales. Estos modelos de actividad explican cómo, al nivel celular, nuestros cerebros codifican nuestros pensamientos, memorias, habilidades y una idea de quienes somos.

Cambios en los esquemas de actividad específicos suceden a través de la vida al momento que conocemos a nuevas personas, tenemos nuevas experiencias y adquirimos nuevas habilidades. También hay cambios cuando la enfermedad de Alzheimer u otro trastorno relacionado perturba las neuronas y las conexiones entre ellas.

Curiosidades del cerebro

El cerebro es el órgano más complejo y desconocido del cuerpo humano. Es el encargado de hacer que todo el resto del cuerpo funcione de la forma correcta. Un cuerpo, se puede mantener con vida sin cerebro, pero cuando este falla no se puede decir que esa persona esté realmente viva. Aqui tienes algunos datos fascinantes y que quiza desconozcas acerca de una maquina perfecta: el cerebro humano.

1. El cerebro no siente dolor. Pese al hecho de que el cerebro sea el encargado de procesar las señales de dolor de otras partes del organismo, en sí mismo no puede sentir verdadero dolor. Irónicamente es el encargado de hacernos sentir el dolor del resto del cuerpo, pero no puede generarlo.

2. El cerebro tiene grandes necesidades de oxígeno. El 20% de las necesidades de oxígeno y de calorías de nuestro cuerpo provienen del cerebro, pese al hecho de que el cerebro únicamente supone (de media) un 2% de la masa corporal.

3. El 80% del cerebro es agua. Pese a ser relativamente sólido, el cerebro humano está compuesto en un 80% de agua. Esto intensifica la importancia de mantenerse totalmente hidratado por el bien de la mente.

4. El cerebro se activa por la noche. Cuando el resto del cuerpo disminuye su actividad alcanzando mínimos durante los momentos de sueño, el cerebro aumenta su actividad siendo incluso mayor que cuando estamos despiertos. Eso sí, la actividad en vigía y sueño tiene lugar en lugares distintos del cerebro.

5. El cerebro humano opera a 15 watios de potencia. Un cerebro adulto únicamente consume en un día entre 250 y 300 kcal, lo que supone una potencia de cerca de 15 watios para un cerebro de unos 1.300 – 1.400 gramos (el peso que de media tiene un cerebro humano adulto).

6. El cerebro cambia de forma durante la pubertad. Durante la adolescencia, el ser humano cambia de aspecto físico, y también cambia su forma de pensar, ya que la estructura del cerebro cambia por completo. Hasta que este cambio no ha terminado, el ser humano no es capaz de asumir los riesgos de sus acciones.

7. El cerebro puede almacenar todo. Técnicamente, el cerebro humano tiene la capacidad de almacenar todas las experiencias, todo lo que se ve, todo lo que se oye e incluso todo lo que se siente. El gran problema recae en si una vez almacenado, esa información puede ser recuperada. En la mayoría de casos esto no sucede, aunque la historia ya ha dado el caso de Jill Price, una mujer que no podía olvidar.

8. La información en el cerebro viaja a distinta velocidad. Las neuronas en el cerebro están situadas de distintas formas, y la información viaja a través de ellas a distintas velocidades. Esta es la razón por la que en algunas ocasiones se puede acceder a algo almacenado instantáneamente, mientras que en otras ocasiones toma un poco más de tiempo.

9. Un Coeficiente de Inteligencia mayor equivale a más sueños. Cuanto más inteligente eres, más sueñas, pero esa no es la única curiosidad relacionada con la inteligencia y el cerebro. Un elevado cociente puede llegar a combatir las enfermedades mentales, y existen casos de personas que son literalmente más inteligentes en sueños que cuando están despiertos

Hay alguien en mi cabeza, pero no soy yo

Mírese bien en el espejo. Detrás de su magnífico aspecto se agita el universo oculto de una maquinaria interconectada. La máquina incluye un complejo andamiaje de huesos entrelazados, una red de músculos y tendones, una gran cantidad de fluidos especializados, y la colaboración de órganos internos que funcionan en la oscuridad para mantenerle con vida. Una lámina de material sensorial autocurativo y de alta tecnología que denominamos piel recubre sin costuras su maquinaria en un envoltorio agradable. Y luego está su cerebro. Un kilo doscientos gramos del material más complejo que se ha descubierto en el universo. Éste es el centro de control de la misión que dirige todas las operaciones, recogiendo mensajes a través de pequeños portales en el búnker blindado del cráneo.

Su cerebro está compuesto por células llamadas neuronas y glías: cientos de miles de millones. Cada una de estas células es tan complicada como una ciudad. Y cada una de ellas contiene todo el genoma humano y hace circular miles de millones de moléculas en intrincadas economías. Cada célula manda impulsos eléctricos a otras células, en ocasiones hasta cientos de veces por segundo. Si representara estos miles y miles de billones de pulsos en su cerebro mediante un solo fotón de luz, el resultado que se obtendría sería cegador.

Las células se conectan unas a otras en una red de tan sorprendente complejidad que el lenguaje humano resulta insuficiente y se necesitan nuevas expresiones matemáticas. Una neurona típica lleva a cabo unas diez mil conexiones con sus neuronas adyacentes. Teniendo en cuenta que disponemos de miles de millones de neuronas, eso significa que hay tantas conexiones en un solo centímetro cúbico de tejido cerebral como estrellas en la galaxia de la Vía Láctea.

Ese órgano que hay en su cráneo -con su rosácea consistencia de gelatina- es un material computacional cuya naturaleza nos es ajena. Se compone de partes en miniatura que se configuran a sí mismas, y supera con creces cualquier cosa que se nos haya ocurrido construir. De manera que si alguna vez se siente perezoso o aburrido, anímese: es usted el ser más ajetreado y animado del planeta. La nuestra es una historia increíble. Que sepamos, somos el único sistema del planeta tan complejo que ha emprendido la tarea de descifrar su propio lenguaje de programación. Imagínese que su ordenador de mesa comenzara a controlar sus propios dispositivos periféricos, se quitara la tapa y dirigiera su webcam hacia su propio sistema de circuitos. Eso somos nosotros. Y lo que hemos descubierto escrutando el interior del cráneo figura entre los logros intelectuales más importantes de nuestra especie: el reconocimiento de que las innumerables facetas de nuestro comportamiento, pensamientos y experiencias van inseparablemente ligadas a una inmensa y húmeda red electroquímica denominada sistema nervioso. La maquinaria es algo totalmente ajeno a nosotros, y sin embargo, de algún modo, es nosotros.

Pura magia

En 1949, Arthur Alberts viajó desde su residencia en Yonkers, Nueva York, hasta unas aldeas situadas entre Gold Coast, Australia, y Tombuctú, en África Occidental. Se llevó a su esposa, una cámara fotográfica, un jeep y -debido a su amor por la música- una grabadora que funcionaba con la batería del jeep. En su deseo de abrir los oídos del mundo occidental, grabó parte de la música más importante que jamás ha salido de África. Pero mientras utilizaba la grabadora, Alberts se topó con algunos problemas. Un nativo de África Occidental, al oír reproducida su propia voz, acusó a Alberts de «robarle la lengua». Alberts evitó por los pelos que le dieran una paliza sacando un espejo y convenciendo al hombre de que su lengua seguía intacta. No es difícil comprender por qué a los nativos el invento de la grabadora les parecía tan inverosímil. Una vocalización parece efímera e inefable: es como abrir una bolsa de plumas que se desperdigan al viento y nunca se pueden recuperar. Las voces son ingrávidas e inodoras, algo que no se puede coger con la mano.

Por tanto, resulta sorprendente que la voz sea algo físico. Si construyes una pequeña máquina lo bastante sensible para detectar diminutas compresiones de las moléculas del aire, puedes captar esos cambios de densidad y posteriormente reproducirlos. A estas máquinas las denominamos micrófonos, y cada una de los miles de millones de radios del planeta ofrece orgullosa esas bolsas de plumas que antaño se creyeron irrecuperables. Cuando Alberts reprodujo la música de la grabadora, un miembro de una tribu de África Occidental describió esa proeza como «pura magia».

Y lo mismo ocurre con los pensamientos. ¿Qué es exactamente un pensamiento? No parece tener peso. También parece efímero e inefable. Nadie diría que un pensamiento tiene forma, olor, ni ningún tipo de representación física. Los pensamientos parecen ser un ejemplo de pura magia.

Pero, al igual que las voces, los pensamientos se sustentan en un elemento físico. Lo sabemos porque las alteraciones del cerebro cambian los pensamientos que tenemos. Cuando dormimos profundamente, no hay pensamientos. Cuando el cerebro comienza a soñar, aparecen pensamientos espontáneos extravagantes. Durante el día disfrutamos de nuestros pensamientos normales y aceptados, que la gente modula de manera entusiasta salpicando los cócteles químicos del cerebro con alcohol, narcóticos, cigarrillos, café o ejercicio físico. El estado de la materia física determina el estado de los pensamientos.

Y la materia física es totalmente necesaria para que el pensamiento normal no se detenga. Lesionarse el dedo meñique en un accidente es algo que fastidia, pero su experiencia consciente no será distinta. En cambio, si se daña un trozo de tejido cerebral de tamaño equivalente, puede que cambie su capacidad para comprender la música, identificar a los animales, ver los colores, evaluar el peligro, tomar decisiones, leer las señales de su cuerpo, o comprender el concepto de espejo, desvelando así el funcionamiento extraño y oculto de la maquinaria que hay debajo. Nuestras esperanzas, sueños, aspiraciones, miedos, instintos cómicos, grandes ideas, fetiches, el sentido del humor, los deseos, emergen de este extraño órgano, y cuando el cerebro cambia, nosotros también. De modo que aunque resulta fácil intuir que los pensamientos no tienen una base física, que son algo parecido a las plumas al viento, de hecho dependen directamente de la integridad de ese enigmático centro de control de un kilo doscientos gramos de peso.

Lo primero que aprendemos al estudiar nuestros propios circuitos es una lección muy simple: casi todo lo que hacemos, pensamos y sentimos no está bajo nuestro control consciente. Los inmensos laberintos neuronales aplican sus propios programas. El tú consciente -ese yo que poco a poco vuelve a la vida cuando se despierta por la mañana- es el fragmento más pequeño de lo que ocurre en tu cerebro. Aunque dependemos del funcionamiento del cerebro para nuestras vidas interiores, él actúa por su cuenta. Casi todas sus operaciones quedan fuera de la acreditación de seguridad de la mente consciente. El yo simplemente no tiene derecho de entrada.

 

La conciencia es como un diminuto polizón en un transatlántico, que se lleva los laureles del viaje sin reconocer la inmensa obra de ingeniería que hay debajo. Este libro trata de ese hecho asombroso: cómo llegamos a conocerlo, qué significa y qué nos dice acerca de la gente, los mercados, los secretos, las strippers, los planes de jubilación, los delincuentes, los artistas, Ulises, los borrachos, las víctimas de una apoplejía, los jugadores, los atletas, los detectives, los racistas, los amantes y todas las decisiones que consideramos nuestras.

En un reciente experimento, se les pidió a algunos hombres que clasificaran las fotos de diferentes caras de mujer según su atractivo físico. Las fotos eran de veinte por veinticinco, y mostraba a las mujeres mirando a la cámara o en un perfil de tres cuartos. Sin que los hombres lo supieran, en la mitad de las fotos las mujeres tenían los ojos dilatados y en la otra mitad no. De manera sistemática, los hombres se sintieron más atraídos por las mujeres de ojos dilatados. Lo más extraordinario es que ninguno de ellos se dio cuenta de que eso había influido en su decisión. Ninguno de ellos dijo: «He observado que sus pupilas eran dos milímetros más grandes en esta foto que en esta otra.» Simplemente se sintieron más atraídos por unas mujeres que por otras por razones que fueron incapaces de identificar.

Así pues, ¿quién elige? En el funcionamiento en gran medida inaccesible del cerebro, algo sabía que los ojos dilatados de las mujeres tenían relación con la excitación y la buena disposición sexual. Los cerebros lo sabían, pero no los hombres que participaron en el estudio, o al menos no de manera explícita. Es posible que los hombres no supieran que su idea de la belleza y de la atracción es algo profundamente arraigado, guiado en la dirección correcta por programas forjados por millones de años de selección natural. Cuando los hombres eligieron a las mujeres más atractivas, no sabían que la elección en realidad no era suya, sino que pertenecía a los programas que más profundamente han quedado grabados en el circuito del cerebro a lo largo de cientos de miles de generaciones. Los cerebros se dedican a reunir información y a guiar nuestro comportamiento de manera adecuada. Tanto da que la conciencia participe o no en la toma de decisiones. Y casi nunca participa. Si hablamos de ojos dilatados, celos, atracción, afición a las comidas grasas, una gran idea que tuvimos la semana pasada, la conciencia es la que menos pinta en las operaciones del cerebro. Nuestros cerebros van casi siempre en piloto automático, y la mente consciente tiene muy poco acceso a la gigantesca y misteriosa fábrica que funciona debajo.

Uno se da cuenta de ello cuando tiene el pie a mitad del camino del freno antes de ser consciente de que un Toyota rojo está saliendo marcha atrás de la entrada de una casa en la calle por la que circula. Lo ve cuando oye pronunciar su nombre en una conversación que tiene lugar en la otra punta de la habitación y que creía no estar escuchando, o cuando encuentra atractivo a alguien sin saber por qué, o cuando su sistema nervioso manda una «corazonada» acerca de qué debería escoger. El cerebro es un sistema complejo, pero eso no significa que sea incomprensible. Nuestros sistemas nerviosos han sido modelados por la selección natural para solventar problemas con los que nuestros antepasados se toparon durante la historia evolutiva de nuestra especie. Su cerebro ha sido moldeado por presiones evolutivas, del mismo modo que su bazo y sus ojos.

Y también su conciencia. La conciencia se desarrolló porque tenía sus ventajas, pero tenía sus ventajas sólo en cantidades limitadas. Consideremos la actividad que caracteriza una nación en cualquier momento. Las fábricas están en marcha, la líneas de telecomunicaciones zumban de actividad, las empresas despachan productos. La gente come constantemente. El alcantarillado encauza nuestros desperdicios. Por las grandes extensiones del territorio, la policía persigue a los delincuentes. Se cierran tratos con un apretón de manos. Hay encuentros amorosos. Las secretarias filtran las llamadas, los profesores dan clases, los atletas compiten, los médicos operan, los conductores de autobuses circulan. Puede que desee saber lo que ocurre en cualquier momento en su gran país, pero es imposible que asimile toda la información a la vez. Y aunque pudiera, no le sería de ninguna utilidad. Quiere un resumen. Así que agarra un periódico: no algo denso como el New York Times, sino algo más ligero como USA Today. No le sorprenderá comprobar que ninguno de los detalles de toda esa actividad figuran en el periódico; después de todo, lo que quiere conocer es el resultado. Quiere saber que el Congreso acaba de aprobar una nueva ley impositiva que afecta a su familia, pero el origen detallado de la idea -en la que participan abogados, corporaciones y obstruccionistas- no es especialmente importante para el resultado. Y desde luego no quiere conocer todos los detalles del abastecimiento alimenticio del país -cómo comen las vacas y cuántas nos comemos-, lo único que quiere es que le adviertan si hay un brote de la enfermedad de las vacas locas. No le importa cuánta basura se produce; lo único que le interesa es si va a acabar en su patio trasero. Poco le importa la instalación eléctrica y la infraestructura de las fábricas; sólo si los trabajadores se ponen en huelga. Eso es lo que le cuentan los periódicos.

Su mente consciente es ese periódico. Su cerebro bulle de actividad las veinticuatro horas del día, y, al igual que el país, casi todo ocurre de manera local: pequeños grupos que constantemente toman decisiones y mandan mensajes a otros grupos. De estas interacciones locales emergen coaliciones más grandes. En el momento en que lee un titular mental, la acción importante ya ha sucedido, los tratos están cerrados. Es sorprendente el poco acceso que tiene a algo que ha ocurrido entre bastidores. Algunos movimientos políticos ganan apoyo de manera gradual y se vuelven imparables antes de que se dé cuenta de su existencia en forma de sentimiento, intuición o pensamiento.

Es el último en enterarse de la información. Sin embargo, es un lector de periódico bastante peculiar, pues lee el titular y se atribuye el mérito de la idea como si se le hubiera ocurrido a usted primero. Alegremente dice: «¡Se me acaba de ocurrir algo!», cuando de hecho su cerebro ha llevado a cabo un enorme trabajo antes de que tuviera lugar ese momento genial. Cuando una idea sale a escena, su circuito nervioso lleva horas, días o años trabajando en ella, consolidando información y probando nuevas combinaciones. Pero usted se la atribuye sin pararse a pensar en la inmensa maquinaria oculta que hay entre bastidores.

¿Y quién puede culparle por creer que se puede atribuir el mérito? El cerebro lleva a cabo sus maquinaciones en secreto, haciendo aparecer ideas como si fuera pura magia. No permite que su colosal sistema operativo sea explorado por la cognición consciente. El cerebro dirige sus operaciones de incógnito. Así pues, ¿quién merece que se le atribuya una gran idea? En 1862, el matemático escocés James Clerk Maxwell desarrolló una serie de cuestiones fundamentales que unificaron la electricidad y el magnetismo. En su lecho de muerte llevó a cabo una extraña confesión, declarando que «algo en su interior» había descubierto la famosa ecuación, no él. Admitió que no tenía ni idea de cómo se le ocurrían las ideas: simplemente le venían. William Blake relató una experiencia parecida al afirmar de su largo poema narrativo Milton: «He escrito este poema obedeciendo el imperioso dictado de doce o a veces veinte versos a la vez, sin premeditación e incluso contra mi voluntad.» Johann Wolfgang Goethe afirmó haber escrito su novela Las desventuras del joven Werther prácticamente sin ninguna aportación consciente, como si sujetara una pluma que se moviera por propia voluntad. Y pensemos en el poeta británico Samuel Taylor Coleridge.

Comenzó a consumir opio en 1796, al principio para aliviar el dolor de muelas y la neuralgia facial, pero pronto se quedó irreversiblemente enganchado, llegando a ingerir dos litros de láudano cada semana. Su poema «Kubla Khan», con sus imágenes exóticas y únicas, fue escrito durante un colocón de opio que describió como «una especie de ensueño». Para él, el opio se convirtió en una manera de acceder a sus circuitos nerviosos subconscientes. Atribuimos las bellas palabras de «Kubla Khan» a Coleridge porque proceden de su cerebro y no del de nadie más, ¿no es eso? Pero él no podía acceder a esas palabras estando sobrio, por lo que ¿a quién hemos de atribuir exactamente el poema? Tal como lo expresó Carl Jung: «En cada uno de nosotros hay otro al que no conocemos.» Tal como lo expresó Pink Floyd: «Hay alguien en mi cabeza, pero no soy yo.»

la realidad que el cerebro inventa

La percepción de la realidad es una fantasía individual y tan única como cada persona. Nuestros sentidos únicamente acotan imposibilidades; lo que vemos, oímos, olemos, degustamos y tocamos son sin duda elementos con los que construimos una imagen de lo que sucede en nuestro alrededor, pero lo que percibimos es en gran medida creado por el cerebro y su expectativa de lo que la realidad debe ser.

La mente de cada homo sapiens inventa gran parte de todo lo que cree que percibe del mundo exterior. La percepción visual por ejemplo, no es para nada como si fuera una cámara de video que captura lo que está “allí afuera”. La neurociencia moderna* nos ha dejado ver que esta noción es ingenua e incorrecta. La mayor parte de lo que creemos que vemos, oímos o sentimos es creada dentro de nuestra mente.

Observemos con cuidado la siguiente representación bidimensional de un cubo:

 

¿Cuál cuadrado es la cara frontal del cubo? A veces parece que el inferior y a veces que el superior. El cambio está en nuestra mente.

Como el fondo y las caras del cubo son indistinguibles, existe una ambigüedad inherente, ¿cuál de los dos cuadrados es la cara frontal? Al observar el dibujo, es casi imposible decidirse únicamente por una de las opciones, ambas hacen sentido. De hecho, la mayoría de las personas “ve” de manera alternada el cubo en el que la cara frontal está formada por el cuadrado superior y al cubo en el que el cuadrado inferior es el que juega ese papel.

Lo que le sucede al cerebro con esta imagen y otras similares, revela algo intrigante sobre él y en particular sobre la sensación visual. Mientras observamos los dos cubos intercambiarse entre sí, el dibujo claramente no está cambiando. Ese cambio entre las dos perspectivas mutuamente excluyentes, se da totalmente en nuestra mente.

Lejos de registrar “lo que está allí afuera” como si fuera una cámara de video, el cerebro constantemente intenta hacerle sentido a lo que la vista trata de decirle. No hay un cubo dibujado, son dos cuadrados y dos rombos superpuestos de tal manera que el cerebro, antes que interpretar un conjunto de líneas conectadas en un plano, inventa una dimensión y se dice: “hay un cubo en esta imagen”. Ahora, darle una interpretación en este sentido implica tener una referencia: experiencia previa. Eso significa que una mente que no haya visto y entendido el concepto de un cubo real y de la tercera dimensión, no podría ver ninguno de los cubos en este conjunto de líneas. Aún más, la experiencia previa es crucial para poder hacer suposiciones de lo que tendríamos que estar viendo en este dibujo. Para ver los dos cubos en el dibujo de manera alternada, necesitamos estar continuamente alimentando nuestra vista con lo que esperamos ver; alterando sin duda la realidad de lo que vemos.

Personas como Mike May tuvieron que entender este hecho sobre el cerebro de la manera difícil. Mike quedó ciego a los tres años de edad debido a una explosión química. En el accidente perdió por completo un globo ocular y el otro le quedó tan quemado de la córnea que era incapaz de transmitir la luz a su retina. Eso no lo limitó para llevar una vida plena y exitosa, pero a pesar de ello cuando más de cuarenta años después se le presentó la oportunidad de operarse y recuperar la visión, consciente de la gris perspectiva de dos cirugías experimentales, tomó el riesgo. Imagino que la tentación fue mucha; con una esposa hermosa, una empresa emergente con potencial y una reputación en el mundo corporativo, sus cuestionamientos internos probablemente eran si su experiencia de vida había sido completa; si escucharía igual la música, si el poder contemplar paisajes lo abrumaría hasta las lágrimas o si disfrutaría mejor del sexo.

Tras una última cirugía exitosa el resultado para Mike fue con toda seguridad desconcertante, aunque no del todo inesperado: no podía “ver”. Ciertamente su ojo funcionaba perfectamente y la retina recibía con toda claridad colores, bordes y texturas, pero nada de lo que llegaba al fondo de su ojo le hacía sentido. El cerebro de May simplemente no estaba preparado para procesar lo que recibía su ojo derecho; su neurocórtex había olvidado cómo interpretar lo que sus ojos le decían y su cerebro tampoco podía decirle a su vista lo que debía ver.

Durante las fases muy tempranas de nuestra niñez, en cierta forma todos pasamos por algo muy similar a lo que Mike** tuvo que enfrentar a partir de que le retiraran los vendajes del ojo. La diferencia es que en los pequeños la velocidad a la que se desarrollan nuevas conexiones neurales es pasmosa, órdenes de magnitud mas rápido que en los adultos. Pero antes de que el mundo le haga sentido a un bebé, el mundo visual debe ser una confusión de sensaciones con poco o ningún sentido. Parece que venimos programados de fábrica para distinguir cosas básicas como la cara de mamá, pero no mucho más. Y de allí construimos nuestro modelo del mundo…

Tratemos de imaginar algo de lo que Mike experimentó con su reencontrada visión. Siendo ciega, una persona que intente moverse por un corredor o una calle, depende por completo de su entendimiento del paralelismo; de que las banquetas y corredores, las cosas en general, se conserven paralelas o distanciadas entre ellas de manera invariable. De otra forma no sería seguro o posible pasar. Si al tocar las paredes de un corredor o los bordes de la banqueta se diera cuenta de que no conservan la separación constante que espera, esta persona se detendría; algo está cambiando enfrente y tal vez no haya espacio para pasar.

Pero en la visión esto funciona diferente. El paralelismo se modela en un cerebro con visión normal, de forma totalmente distinta: si observamos en dirección de una calle o un corredor, las líneas del suelo o las paredes aparecen haciendo cierto ángulo, juntándose a medida que se alejan; nunca paralelas.

 

Las vías del tren son paralelas pero como los objetos más lejanos se ven más pequeños, la distancia entre ellas parece disminuir entré más lejos veamos la vía. Esto es lo que llamamos perspectiva.

El cerebro se acostumbra en los primeros meses de vida a interpretar la perspectiva como paralelismo en distancias cambiantes. Pero para Mike, después de no ver durante más de cuarenta años, la perspectiva le parecía una contradicción total a lo que su modelo mental del mundo le había dicho la mayor parte de su vida. Ahora un corredor se le presentaba como algo que convergía en la distancia; algo perfectamente normal para quienes gozamos de vista, pero inconsistente con el concepto de distancias constantes del que aprende a depender un ciego si ha de moverse sin golpear obstáculos en la acera o las paredes en un corredor. En la mente de alguien que nunca ha visto, las vías alejándose del dibujo de arriba (o de la realidad para el caso) deberían aparecer como paralelas, no convergiendo en el horizonte.

Lo que Mike necesitaba de su cerebro en esta nueva condición, es que inventara un contexto para lo que estaba viendo. Algo que sin experiencia previa no podía hacer, igual que un bebé recién nacido. Esto es algo que todos hacemos por el simple hecho de observar una escena; inventamos paralelismo a partir de líneas convergentes, y ponemos tercera dimensión en imágenes planas.

Es difìcil aceptar que la realidad visual, la del sentido más importante de un ser humano, es en gran medida imaginada por el cerebro. Sin embargo es así.

Una parte clave de la sensación visual es el movimiento. También esta parte de nuestra percepción está dentro del cerebro y sus expectativas. Observemos unos momentos la figura de abajo:

 

Movimiento ilusorio totalmente inventado por el cerebro.

Parecería que la imagen baila ¿no? Parece que se mueve. No hay movimiento en la imagen por supuesto, (verifíquelo tapando diferentes partes de la imagen si lo desea) únicamente círculos con un contorno blanco y negro orientado en diferentes direcciones. Pero el cerebro de la mayoría de las personas claramente ve movimiento. Ese movimiento sí existe, pero está dentro del cerebro que observa la imagen. Total y absolutamente, inventado.

El cerebro está acostumbrado a ver el mundo en dos dimensiones –las imágenes en el fondo de los ojos– pero a hacerle sentido en tres, y las sombras son parte de la información que el cerebro procesa de una imagen para hacerle sentido en tres dimensiones. En la imagen de los círculos que parecen moverse, las franjas oscuras y claras alrededor de cada círculo son interpretadas como iluminación sobre esferas, pero el hecho de que las franjas no estén consistentemente en la misma dirección hace que el cerebro trate de interpretar los distintos “sombreados” de los círculos como un cambio de iluminación a medida que desplazamos la vista sobre ellos. Años de experiencia con sombras cambiando de dirección interpretadas como movimiento (el sol durante el día, la sombra de alguien bajo un farol), hacen su aparición y el cerebro insiste en que los círculos se están moviendo. En el proceso, inventa el movimiento, ve lo que espera ver: si la sombra cambia de dirección, es porque el objeto se está moviendo. La otra solución, la real, los círculos bidimensionales pintados con franjas claras y oscuras en diferentes orientaciones, no entran en el esquema del cerebro.

Muchos años antes de la visión recobrada de Mike, científicos experimentaron con gatos recién nacidos metiéndolos en cuartos pintados en su totalidad con rayas horizontales blancas y negras. Cualquier atisbo de verticalidad en el cuarto, fue diligentemente disimulada con el mismo patrón rayado. Después de crecer en ese ambiente durante meses, los gatos fueron liberados a cuartos normales. Igual que Mike después de la operación, los felinos contaban con visión perfecta, e igual que Mike, su cerebro no estaba preparado ni tenía referencia de lo que era el mundo al que ahora estaban expuestos: los gatitos podían brincar y saltar los obstáculos o a los muebles, pero eran totalmente incapaces de ver nada que tuviera líneas verticales como la pata de una silla contra las que indefectiblemente se estrellaban. Incluso las paredes pintadas con líneas verticales blancas y negras eran igual que invisibles para los animales. Sus ojos recibían los impulsos de líneas verticales, pero el cerebro no sabía que hacer con ellos. Nada en su experiencia anterior incluía verticalidad en el mundo.

Más recientemente, las técnicas de imagenología moderna revelan una historia que es consistente con la idea de que la mayor parte de lo que percibimos, de lo que vemos, proviene desde el dentro del cerebro, no de la realidad exterior. De acuerdo a estos estudios, durante la simple observación de una imagen la parte del cerebro encargada de los procesos superiores transmite información en mayor cantidad y frecuencia hacia la parte posterior del cerebro que procesa las imágenes que llegan a los ojos, que en sentido opuesto. Esto contradice la concepción más común de que una vez preprocesadas las imágenes por el córtex visual, son enviadas al neocórtex superior para su interpretación. Lo que se desprende de todo esto es que la comunicación entre diferentes partes del cerebro es así porque es importante que sea el noecórtex quien le proponga al centro de visión lo que está viendo… En este sentido, las imágenes que entran a nuestros ojos únicamente acotan las posibilidades sobre lo que está allí afuera. Quien decide lo que es, es la parte de nuestro cerebro que tiene un modelo complejo de los que nos rodea y que nos influye. Algo similar ocurre con nuestros demás sentidos, nuestras ventanas a la realidad.

Además de la perspectiva, las caras de las personas, las sombras y hasta el mover los ojos de un lado a otro eran experiencias desconcertantes para Mike. Afortunadamente para él, tal vez porque los primeros tres años de su vida gozó de visión, su cerebro logró finalmente adaptarse. Pero no pudo haber sido sencillo, la gran mayoría de las personas que recuperan la vista después de haber sido ciegos desde pequeños, no tienen tanta suerte; terminan deprimiéndose gravemente. Parece que sin la ventaja de una tasa altísima de nuevas interconexiones neurales de que todo bebé goza en sus primeros años, el mundo visual les resulta mucho más perturbador que agradable. Incomprensible incluso.

 

Alimentos para un cerebro activo

 

Un número de nutrientes son esenciales en todas las etapas de la vida para garantizar un crecimiento sano y el desarrollo de tu cerebro. Tu dieta también puede repercutir en la forma en que tu cerebro funciona y tiene la capacidad para reducir los efectos del envejecimiento al tiempo que reduce el riesgo de ciertas enfermedades como el Alzheimer.

Salmón y sardinas: los aceites de pescado graso

El Omega 3 y Omega 6 que figuran en la grasa de pescado como el salmón y las sardinas son esenciales para el cerebro que protegen y desarrollan las células y estimulan la creación de enlaces sinápticos a principios de las primeras etapas de crecimiento cerebral. Los estudios han demostrado que los niños que fueron alimentados con pecho tenían un CI ligeramente mayor que los niños que fueron alimentados con fórmulas para bebé. La razón principal para ello es la mayor concentración y mejor equilibrio de los ácidos grasos contenidos en la leche materna humana. En la situación actual de la dieta moderna los grasos aceites de pescado son la piedra angular del cerebro.

Tomates

La evidencia muestra que el licopeno, contenido en el tomate es un excelente antioxidante. La lucha contra los radicales libres es esencial para proteger tu cerebro del envejecimiento. Los tomates son un ingrediente fantástico para el cerebro, ya que los alimentos de alto contenido de licopeno son una fuente ideal de antioxidantes.

Los tomates contienen licopeno, otro antioxidante que nos ayuda a mantener joven y saludable nuestro cerebro a la vez que ayuda a prevenir enfermedades degenerativas del mismo.

Complejo de vitamina B

Las vitaminas B6 y B12, y ácido fólico son esenciales en la protección de tu memoria. Alimentos como panes de grano entero y el germen de trigo son parte de los mejores alimentos del cerebro. Aún más, la eliminación de cosas refinadas de tu dieta tiene muchos otros beneficios para la salud no sólo de ser excelente para tu cerebro.

 Mora azul

Los arándanos son una manera de volver a la fuente de muchas de las nuevas bebidas de salud. Bueno, resulta que también son fantásticos los arándanos para el cerebro. Alta en vitaminas y minerales que también tienen en su piel única antioxidantes en grandes cantidades. Protege tu cerebro a partir de la pérdida de la memoria a corto plazo con los arándanos.

 semillas de calabaza

El zinc es esencial en la protección de tu mente y el cerebro de los terribles síntomas de envejecimiento y el olvido. Así pues, en nuestra lista de los mejores alimentos para el cerebro son las semillas de calabaza; por favor den la bienvenida como una buena manera de obtener tu dosis diaria de zinc. Guárdala en tu bolsillo y cómelos a lo largo del día, un puñado será suficiente.

las naranjas para el cerebro: Grosellas negras

La vitamina C es muy buena para la agilidad mental y mantenerse fuerte. La vitamina C es el más famoso de los antioxidantes y esencial para proteger tu cerebro de los efectos físicos del envejecimiento. Por favor, también la grosella negra, es una fantástica fuente de vitamina C y uno de los mejores alimentos de todo el cerebro.

Brócoli

La próxima vez que escuches a tus hijos que se quejan del brócoli en el menú, diles: que los hará más inteligentes. Alimentos tales como brócoli son ricos en vitamina K para el desarrollo del cerebro y la función cognitiva. El alto contenido de vitamina K pone brócoli en nuestra lista de los mejores alimentos para el cerebro en tu dieta.

Huevo

Tomado con moderación los huevos son fantásticos para la salud. Siempre y cuando no se fría y se acompañen con verdura. Los huevos son una fuente esencial de vitamina E sumamente importante para el poder cerebral. Tiene un huevo duro, sin sal, una o dos veces a la semana para que poco más de la ingesta de vitamina E.

Aguacates 

Los aguacates son casi tan buenos para el cerebro con los arándanos, aportan grasas monoinsaturada, buenas para controlar y mantener un buen riego sanguíneo, esencial para nuestro cerebro.

Espinacas

Ayudan a frenar los estragos que va produciendo la edad sobre nuestro cerebro a la vez que mejoran nuestra capacidad de aprendizaje y las tareas motoras de nuestro organismo.

 Chocolate

El chocolate negro es un potente antioxidante que ayuda a prevenir enfermedades relacionadas con el avance de la edad en los seres humanos. Contiene numerosas sustancias estimulantes que aumentan la producción de endorfinas a la vez que aumentan nuestros niveles de concentración.

 El chocolate con leche mejora nuestro tiempo de reacción y la capacidad de control y ayuda a incrementar la memoria tanto visual como verbal

Agilizar tu cerebro

Si puedes hacer el crucigrama hasta con los ojos cerrados, es hora de que cambies a un nuevo reto para poder sacarle el mejor rendimiento a tu cerebro.

 

La curiosidad sobre el mundo que te rodea, el cómo funciona y el cómo entenderlo, mantendrá a tu cerebro funcionando a más velocidad y de forma más eficiente. Usa las ideas expuestas bajo estas líneas para emprender tu búsqueda del buen estado mental.

1. Usa tu otra mano

 Pasa el día haciendo cosas con tu mano no dominante. Si eres zurdo abre las puertas con la mano derecha. Si eres diestro intenta usar las llaves con la mano izquierda. Esta sencilla tarea hará que tu cerebro establezca algunas conexiones nuevas y tenga que repensar la forma de realizar las tareas diarias. Ponte el reloj en la mano contraria para que recuerdes el reto del cambio de mano en las tareas.

 2. Juegos mentales

Los juegos son una forma maravillosa de excitar y retar al cerebro. Los sudokus, crucigramas y juegos electrónicos tipo “brain training” son formas estupendas de mejorar la agilidad cerebral y la capacidad de memorizar. Estos juegos se basan en la lógica y en las capacidades verbales, matemáticas, etc. Además son divertidos. Se obtiene más beneficio practicando estos juegos un poquito cada día (15 minutos, más o menos) que haciéndolo durante horas.

 3. Alimentar al cerebro

 Tu cerebro necesita que comas grasas saludables. Céntrate en las grasas de pescado como las del salmón salvaje, frutos secos como las nueces, y aceites como el de linaza u oliva. Ingiere más esta clase de alimentos y reduce las grasas saturadas. Elimina por completo los ácidos transgrasos de tu dieta.

4. Ir por sitios diferentes

En coche, o a pie, busca nuevas rutas para llegar a donde quiera que vayas. Este pequeño cambio en la rutina ayuda al cerebro a practicar con la memoria espacial y las direcciones. Intenta cambiar de acera y altera el orden en que visitas tus tiendas preferidas para así cambiar la rutina.

 5. Adquiere una nueva habilidad

Aprender una nueva habilidad pone a trabajar a múltiples áreas cerebrales. Tu memoria entrará en juego, aprenderás nuevos movimientos y asociarás las cosas de un modo diferente. Lee a Shakespeare, aprende a cocinar o a construir un avión con palillos, todo sirve para retar al cerebro y darte cosas nuevas en las que pensar.

6. Romper rutinas

Nos encantan las rutinas. Tenemos hobbies y pasatiempos que podemos hacer durante horas. Pero cuanto más nos habituamos a una tarea más se convierte en una naturaleza arraigada y menos trabaja nuestro cerebro al hacerla. Para ayudar de verdad a que tu cerebro se mantenga joven, rétalo. Cambia la ruta hacia el supermercado, usa tu mano contraria para abrir las puertas y cómete primero el postre. Todo esto forzará a tu cerebro a despertarse de sus hábitos y a prestar atención de nuevo.

7. Apréndete los números de teléfono

Nuestros modernos móviles memorizan todos los números que nos llaman. Nadie ha vuelto a esforzarse en recordar los números de teléfono, pero es una estupenda actividad para ejercitar la memoria. Apréndete un nuevo número de teléfono cada día.

8. Elegir un nuevo pasatiempo

Encuentra algo que te cautive, que puedas hacer fácilmente en casa y que no cueste demasiado dinero. Haz fotografías con una cámara digital, aprende a dibujar o a tocar un instrumento, practica nuevos estilos de cocina o escribe. Todas estas son buenas elecciones.

9. Leer libros distintos

Toma un libro que verse sobre un asunto que te sea completamente novedoso. Lee una novela que transcurra en el antiguo Egipto. Aprende algo de economía. Existen multitud de libros populares excelentes que tocan temas de no-ficción y que además de entretener cumplen el cometido de enseñar un montón de cosas sobre un tema concreto. Conviértete cada semana en un experto en algo nuevo.

 Diversifica un poco tus lecturas, abandona los temas que te son familiares. Si normalmente lees libros de historia, pásate a una novela contemporánea. Lee a autores extranjeros, a los clásicos y elige otros al azar. Tu cerebro no solo se verá beneficiado por tener que trabajar imaginando otros períodos históricos, otras culturas y otras gentes, sino que además obtendrás historias interesantes que contarle a los demás, lo cual te hará pensar y establecer conexiones entre la vida moderna y las palabras.

10. Hacer listas

Las listas son maravillosas. Hacer listas nos ayuda a asociar unos datos con otros. Haz una lista de los lugares a los que has viajado. Haz una lista de todas las comidas sabrosas que has probado. Haz una lista con los mejores regalos que has recibido. Haz una lista mental diaria para ejercitar a la memoria y para conseguir nuevas conexiones cerebrales.

Pero no dependas demasiado de ellas, haz una lista con todo lo que necesitas comprar pero luego trata de no usarla en el supermercado. Usa la lista una vez que hayas metido todos los productos en la cesta simplemente para comprobar tu memoria. Haz lo mismo con tu agenda de quehaceres diarios.

Fuente : © Alzheimer’s Association 2013, David Eagleman, http://www.doctorweb.org/, Manuel Gross, Ing. Ricardo E. González O.

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